«Antes de morir, mi meta es ser más libre, para lograr pintar como un niño»

Se instaló en Muxía a los 28 años y desde allí crea arte y emociones compartidas


Algo más de una hora con Yoshiro Tachibana (Kobe, Japón, 1941) dan para mucho. Lo suyo es la pintura, pero con él se puede hablar de música, de poesía, de mitos, de literatura, de filosofía (mucha), de símbolos e, incluso, de Dios. Domina las frases profundas y las saca al aire, como sus obras de arte. Tachibana, Nino para los ya conocidos, se instaló en Muxía con 28 años, «cuando todavía vivía Franco». Lo hizo en una de las laderas del Monte do Carme y en una casa que, como sus cuadros, solo podría pertenecerle a él. Frente al mar, casi prendida por el mismo fino hilo que separa la cordura de la locura, con unas vistas de impresión y con un interior bohemio. Como él. Vestido en tonos ocres, con coleta y gorro, pero con una sonrisa clara. Tan acogedora como su estudio. Ropa allí, una mesa aquí, tecnología y una cama para la reflexión. Entonces, había pasado por muchos otros rincones del mundo, caminaba desde el sol naciente hasta el sol poniente y en busca del conocimiento de la «raza occidental».

Pinta sin modelo y sus obras son instinto. Después, les pone la razón, «igual que ocurre en la religión». No duda en afirmar: «La religión y el arte son muy parecidos, ambos son mentiras». Tiene claro que, para vivir, es importante mentir, que todo es sueño e ilusión y, que si uno no se engaña (por ejemplo, dándose una palmada en el espalda ante el espejo), todo acaba por morir. Centra su vida y sus obras en buscar la verdad, el bien y la belleza. Pero al mismo tiempo, él mismo se pone trabas: «¿Qué es la verdad? ¿Qué es la belleza? ¿Qué es el bien?». Con sus dudas va y viene y pinta. Ninguno de esos conceptos es absoluto, «así que esta es una pasión inútil». De ahí que se mienta a sí mismo y también a los que contemplan sus piezas (más de 700 a lo largo de su vida). Con ellas, le da ilusión al mundo y, al fin y al cabo, está claro que «la belleza es subjetiva, está en la mente. Lo bonito depende del humor y del cariño. La belleza depende del sentimiento: un sapo, si es tuyo, puede ser más bello que una mariposa. Por eso el mundo es tan complicado». Y la vida, dice él, tan corta. Teatro.

No espera la inspiración. Se pone a ello y sale. Pero no con reglas. «Soy bohemio, no fascista en el sentido de orden, orden y orden». Y, en su vida, hay muchos días anárquicos. La clave está en tener alma, pero el fondo del arte no existe, «es como arena movediza». «El pintor y el religioso se mueren si conseguir lo que querían», dice.

Se inició en la pintura joven, aunque, dado que solo cuenta el alma, la edad no importa. «Aproveché mi genética, ya que mi padre también pintaba. Para mí era más fácil que aprender a pescar o construir casas. Soy muy vago». Vender es difícil, pero vive de su obra y no necesita gran cosa, aunque a veces las dificultades apremiaron. La descarga emocional a través de los pinceles y de las figuras (muy diversas, desde desnudos hasta paisajes) está bien, pero ello, sin abrirlo a los demás, «es puro onanismo». La clave está en comunicar, en «hacer el amor», porque en ese momento deja de ser de uno solo y se vuelve común.

Un Peter Pan

Aunque no tiene una guía, ni nada fijo, el estilo de Yoshiro se reconoce. En oriente y en occidente. Dice que conocer países «es divertido». Antes de asentarse en Muxía, así lo hizo. «Si tú eres español y no conoces cómo son los extranjeros, no puedes saber cómo son en realidad los españoles o en qué se diferencian». Él, en cambio, sí puede establecer defectos y virtudes. Aunque, como ocurre con casi todo en Yoshiro, también eso es relativo. «Los españoles son más pícaros que los japoneses, tardan más en cumplir las cosas, pero si eso es un defecto, también se puede ver como virtud». De hecho, él mismo «pasa» y, dice, «soy muy dejado». En el momento acordado para llegar a su casa, no estaba en ella. No tardó. Yoshiro es muy educado, «pero un japonés no haría esperar a sus invitados. Sería puntual o incluso llegaría antes. Lo que me ocurre es que yo ahora ya estoy españolizado. ¿Por qué el orden social ha de ser tan estricto como en los japoneses?».

Se integró perfectamente en la cultura occidental y en la de Muxía, aunque reconoce que, hoy en día, «todo está mezclado, todo es globalización, ya no hay fronteras ni hay nada típico». Aprendió español, también sabe inglés, pero no le ve importancia a los idiomas. Entiende casi todo cuando le hablan en gallego, pero no se molestó en aprenderlo. Las lenguas son demasiado lógicas y a él le interesan más «las ondas», la conexión de emociones. Explica que los animales (a él le encantan y ahora tiene un perro, Nana) poseen menos lenguas que los humanos y viven perfectamente. Un idioma no es suficiente para expresar nada y, la música, la poesía o la pintura, sin palabras, sí lo consiguen. De todas formas, parafrasea a Gabriel García Márquez y dice que, en realidad, (sobre todo si es un matrimonio) es mejor no hablar.

De su Japón natal, trae lo trágico, un sentimiento que él asocia a su cultura. Por eso le gusta más la luna que el sol. Tampoco es fan de Rembrandt y la Maja desnuda, en su impresión, tiene «cara hortera». Yoshiro pinta como él sabe. «No tengo otra forma». Está cansado, pero sigue creando. Las pinceladas van más rápido si se acompañan con música y a él le gusta la clásica -como Bach y Mozart-, el flamenco, el cante jondo y Chavela Vargas. El caso es, mientras pinta, no pensar. «Si uno piensa, no es feliz». Comparte parte sus obras a través de Facebook (se puede buscar como Yoshiro Tqachibana). Sabe que las redes sociales «pueden ser un instrumento de control», pero él no teme que lo hagan, «porque yo no tengo nada».

La semilla de la pintura también ha germinado en sus dos hijos varones (son tres hermanos, dos chicos y una chica), aunque a día de hoy no la explotan. Tachibana ahora quiere ser «un Peter Pan». «No quiero crecer más, porque ya lo hice mucho. Mentalmente, quiero pintar como un niño, porque su pintura no es racional sino instinto». Picasso lo buscó y, Yoshiro, a día de hoy, sigue sin estar satisfecho. «Antes de morir, mi meta es ser más libre para lograr pintar como un niño». La limitación, el estar tenso, crea pintores mediocres. Le gustaría lograr pinturas como las rupestres o como la de los «pacientes locos». Porque son los más libres en todos los sentidos. «No depende de algo físico, es interior». Y, por tanto, más difícil.

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