En contacto con la naturaleza

Padre e hijo comparten la afición por la caza y la pesca, dos deportes en los que ambos se iniciaron de niños y con los que disfrutan del medio ambiente


Además de los obvios lazos genéticos, a Justo Martínez Balvís y a su hijo Javier les unen unas pasiones casi tan fuertes como la sangre: la caza y la pesca. Ninguno de los dos es capaz de elegir porque en ambos casos disfrutan como niños de la naturaleza y del mar, dos lugares en los que se sienten libres y se entienden casi sin mirarse.

Tienen la suerte, además, de que sus aficiones son compatibles incluso en el tiempo. «En primavera y verano, pesca submarina, y en invierno caza mayor y menor», explica Tito, que durante muchos años también compartió la afición con su padre, que tuvo que dejar la caza «por motivos de salud». Ahora, como buen cocinero, el abuelo de Javi se encarga de preparar las piezas y además cuida de las dos perras setter con las que los Martínez acuden a cazar a un coto que, junto a otros amigos, han arrendado en Zamora y al que acuden cada quince días. También van a Toledo, a Albacete e incluso a Murcia, lugares en los que no solo disfrutan del manejo de la escopeta, sino también paseando por el campo e incluso recogiendo setas. «La caza es mucho más que conseguir buenas piezas, es una forma de entrar en contacto directo con el medio ambiente, de gozar del aire libre», explica Tito mientras su hijo asiente.

El padre incluso ha tenido la oportunidad de cazar en Rumanía, a 25 grados bajo cero «y con nieve por la rodilla». Una experiencia en la que se cobró un jabalí enorme de más de 200 kilos. Es una de las piezas de las que se siente más orgulloso, junto con un ciervo con una cuerna de 16 puntas capturado en Albacete, en plena berrea, y con el que este mismo año consiguió una medalla de oro.

Javier, por su parte, recuerda con especial emoción su primer jabalí. Un animal del que conserva los colmillos que cazó en Murcia, de noche y que le sirvió como bautizo de sangre. Tenía solo 14 años, la misma edad a la que su padre empezó en la pesca submarina. Fue en Laxe, donde veraneaba la familia y en compañía de un compañero de aventuras francés, «cuando casi nadie practicaba este deporte».

Ahora los veranos son para Malpica, donde ambos disfrutan buceando a pulmón y atrapando lubinas, sargos o maragotas que en muchos casos acaban en un arcón congelador a la espera de pasar por los fogones o se marchan para Madrid, donde residen muchos de sus compañeros de inmersiones. «Galicia es un paraíso para la pesca submarina. Somos unos privilegiados», dice Tito, al tiempo que lamenta que en la comunidad no ocurra lo mismo por la caza. «Aquí apenas hay caza mayor», explica Javier, que acompaña a su padre desde que era muy pequeño. «Desde que tengo dientes», dice con humor. A pescar en el río comenzó con apenas cuatro años, lo de la caza llegó más tarde, con 14, cuando pudo obtener licencia de armas.

Ambos disfrutan hablando de animales, de bosques, de montes y de los paisajes de Zamora y del mar de Malpica. Les gusta, por encima de cualquier otra cosa, el contacto con la naturaleza. Lo de menos, dicen, es lograr una gran pieza, aunque eso también sea una satisfacción difícil de ocultar.

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