Dos hombres justos

CARBALLO

Eduardo adora la caza y su hijo Juan Carlos la música, pero aunque no coinciden en sus aficiones, sí comparten su pasión por la abogacía

20 dic 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Cuando Eduardo Castro García finalizó sus estudios en el Seminario de Santiago, y a pesar de que las Matemáticas no se le daban nada mal, decidió seguir el camino de las letras y estudiar Derecho, una carrera que varias décadas más tarde también eligió su hijo Juan Carlos. «Supongo que el hecho de que mi padre fuese abogado influyó en mi decisión, pero no fue decisivo», explica el menor de los Pombo, al tiempo que añade que optó por la abogacía porque le gustó, no por imposición paterna.

A pesar de que les separan 31 años, ambos compartieron profesores en la facultad y comparten también las tareas del despacho que Eduardo fundó en Carballo hace ya 46 años. Se complementan, aseguran, y aunque Eduardo sigue llevando algunos casos, en la actualidad «solo» trabaja por las mañanas. De momento, sin embargo, no piensa en retirarse -«mientras me encuentre con facultades continuaré al pie del cañón», dice-, aunque reconoce que los últimos cambios introducidos en la ley de enjuiciamiento civil le desconcertaron «mucho».

No es lo único que ha cambiado. Antes, «había mucho más compañerismo entre los abogados», ahora, dice, la competencia es feroz. «Antaño era más fácil y agradable ejercer la profesión. Los jóvenes no entienden la forma de trabajar que tenemos los mayores, ellos juegan mucho más a ganar los juicios aprovechándose de los plazos», se lamenta.

Eduardo se estableció nada más acabar la carrera, «sin haber hecho ninguna práctica como abogado», así que tuvo que suplir la falta de experiencia «con mucha constancia». Por eso, explica, antes de presentar cualquier asunto, «lo estudiaba mucho, le daba mil vueltas hasta que estaba seguro de que todo iba bien». Además, su conciencia jamás le permitió aceptar ningún caso en el que no considerase que su cliente tenía la razón.

Pombo García recuerda perfectamente cuál fue el primer asunto que llegó a sus manos, a pesar de que desde entonces han pasado 46 años. «Defendía a los acusados de haber causado daños en un molino, pero jamás se acreditó que hubiesen sido ellos». Ganó.

Juan Carlos, sin embargo, no es capaz de decir con exactitud cuál fue su primer caso porque él tuvo la suerte de hacer prácticas con su padre incluso antes de acabar la carrera y colegiarse. Mientras estuvo en Santiago el más joven de los Pombo aprovechó para realizar los cursos del Conservatorio y matar el gusanillo de su gran pasión: la música. Sus amigos aseguran que es uno de los mejores gaiteiros de Galicia, pero él lo niega y le resta importancia. Eso sí, en su despacho guarda una flauta, que saca siempre que necesita relajarse y despejar la mente. «Traerme una gaita sería demasiado aparatoso», reconoce.

Al contrario que la pasión por la abogacía, la de la música no le ha llegado por vía paterna. Eduardo cantaba en el coro del Seminario, pero lo suyo, asegura, es la caza. No solo se mantiene ágil de mente, porque todos los domingos se levanta a las siete de la mañana para salir a los montes de Montemaior acompañado por un sobrino. Lo de menos es conseguir piezas porque lo que realmente le gusta es salir con los perros y pasear. «La caza es la excusa porque cuando salgo al monte me olvido de todo, aparco los problemas», explica. Los mismos que después, con su hijo, soluciona con éxito en los juzgados.