Artistas en los fogones

José y Carmen transformaron hace 20 años una antigua fábrica de salazón en una taberna que con el tiempo se convirtió en el restaurante Tira do Cordel


Hoy en día es imposible imaginarse el restaurante Tira do Cordel, en Langosteira (Fisterra), sin su mítica lubina a la brasa o sus únicas y sabrosísimas navajas. Sin embargo, la historia de este negocio comenzó unida al churrasco. Fue en 1989, cuando José Castiñeira Insua decidió aparcar su profesión de carpintero y reconvertir la antigua fábrica de salazón que habían comprado sus padres en una taberna. Él y su esposa Carmen, que forman un inseparable tándem, comenzaron con la carne a la parrilla, pero poco a poco los propios clientes fueron redireccionando el negocio.

«A verdade é que eu da carne non sabía nada e, por fortuna, os do peixe foron botando aos da carne», cuenta José, que durante muchos años, y como la gran mayoría de los vecinos de Fisterra, «andaba no mar». Quizás por eso también extrañó su apuesta por los pescados a la brasa. «Daquela a todo o mundo parecíalle unha tolería poñer unha lubina á brasa, pesaban que era estragala, pero a min dábame igual, apostei e a xente quedou contenta», recuerda Castiñeira, para quien la mejor publicidad fue siempre el boca a boca. «Os propios clientes eran os que recomendaban as navallas e a robaliza ou a lubina», dice. Hoy, siguen haciéndolo y la fama del restaurante ha traspasado fronteras. «O importante no é que veña a xente, senón que esa xente manda a moita máis», reflexiona.

Y gracias al buen hacer de José, de Carmen y de sus dos hijos (trabajan en el negocio desde que eran casi unos niños, «o pequeno na barra e o maior na parrilla») y de su nuera Aurea, Tira do Cordel no ha dejado de crecer. Hoy, y tras permanecer varios meses cerrado por reformas, el restaurante cuenta con cinco comedores y una terraza cubierta. «Levamos vinte anos acondicionando o establecemento, non paramos», reflexiona José, quien a día de hoy sigue sin entender cómo en los primeros años eran capaces de servir 300 comidas en su solo día. «Só tiñamos dez mesas, non entendo onde se metía toda esa xente, e o máis curioso é que non protestaba ninguén», rememora.

Y entre todos los clientes, muchos empresarios, que cerraron grandes negocios entre plato y plato, un sinfín de famosos, como Camilo José Cela y su mujer, Marina Castaño, o un incontable número de políticos. Entre estos últimos, José recuerda con especial cariño al ex presidente de Bolivia, Jaime Paz Zamora, que visitó su local estando todavía en el poder. «Chegou en pleno mes de xaneiro, cun séquito de 40 persoas e montou unha festa tremenda. Foi bestial. Tiña unha entrevista con Fraga ás seis da tarde e saíu de aquí as seis menos dez, así que supoño que chegou tarde», explica José.

Él, como hizo desde el principio, sigue recibiendo a los clientes, aunque reconoce que ya no tiene tanta paciencia como antaño, mientras que su mujer y su nuera se ocupan de la cocina, su hijo Pepe de la parrilla y Diego de controlar el servicio de las mesas. Una de sus dos nietas, además, estudia Hostelería, así que es posible que pronto se una al negocio. Pero José, para fortuna de los incondicionales de su lubina, sus navajas y su pescado fresco asegura que todavía tiene muchas fuerzas para dar guerra.

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