«En el paraíso no existe el miedo, pero sí un gran aburrimiento»

Llegó a Muxía para quedarse en 1969 y no piensa marcharse del lugar que escogió para montar el estudio en el que pinta lo que le dicta su instinto y su inconsciente


Yoshiro Tachibana (Kobe, 1942) recibe en su casa de Muxía, un pequeño oasis de paz en el que cantan los pájaros, crecen las plantas y se vislumbra el mar. Con una amabilidad y una educación exquisitas, Tachibana cuenta su vida, una historia que lo llevó a afincarse en la Costa da Morte en 1969 para ser pintor. -¿Cómo decidió establecerse en Muxía? -Un pintor japonés amigo mío, a quien le gustaba mucho Goya, vino aquí caminando desde Aragón y me recomendó que fuera a conocer Laxe, Malpica, Fisterra. Llegué por casualidad. Por un lado quise escapar, pero esto me atrapó. -Y ya se sentirá muxián a estas alturas. -Por una parte no puedo volver a Japón porque aquello ya me choca. No me quedan amigos allí. Demasiado tiempo fuera. Por otra tampoco me siento gallego. Ando un poco perdido. -¿Pero por qué España? -De pequeño pasé mi infancia en el bosque, en el campo, estuve diez años en Tokio y me llegó. No me gustan las ciudades. -Pero cuénteme el recorrido antes de llegar a Muxía. -En Tokio decidí montar un bar de flamenco en 1965. Ahora hay muchos, pero antes era muy raro. Esa música me gusta mucho. Empecé a ahorrar para irme un año a España, y me vine. No me arrepiento de mi vida. Por un lado pienso que malgasté mi juventud, pero ¿qué es gastarla bien? En España no encontré trabajo y estuve un año de cocinero en Hamburgo. Los alemanes no tienen paladar. Después un día pregunté en un barco de pasajeros si tenían trabajo y allí estuve, de Alemania a Noruega, tres años de pinchadiscos. Pero la vida en el barco era muy aburrida, y en 1969 decidí vivir de la pintura. -¿De dónde le viene la vocación por la pintura? -Mi padre era pintor, clásico, de influencia impresionista. Yo siempre tuve influencia europea. Para mi la pintura es expresión del alma que solo sale cuando está inconsciente. Sigo creyendo en eso. Paul Klee, Matisse y Chagall, por ejemplo, me gustan mucho, no la escuela americana ni artistas como Pollock o Warhol. -Y qué busca con su obra. -La expresión del alma es como el zen. Hay que volver a la nada y buscar cosas. Esa es una parte que diferencia a Oriente de Occidente. En Occidente siempre hay un dualismo, que viene del cristianismo, el Oriente se pueden superar los opuestos, no todo es bien y mal, amor y odio, frío y calor. Tengo que llegar a unir lo opuesto, aunque no sé cómo hacerlo. -Hay partes de Occidente que no le gustan. -Veo que la civilización capitalista está agonizando, nunca volverá a ser como antes. Los americanos también se están dando cuenta, pero los gobiernos siguen ayudando a los bancos para mantener el sistema, y eso ya no va. No sé cómo será el futuro y qué sociedad tendremos que montar. -Y qué vio en España para quedarse. -Lo que me gusta de España es que no es tan lógica como los anglosajones, no hay un pragmatismo radical, tú eres útil, tú eres inútil. En el fondo las personas de aquí tienen instinto, y el arte es sublimar el instinto inconscientemente. Profundizar en el instinto es bueno, porque lo es todo. Los animales se mueven por instinto, por eso me gustan. -También tendrá una influencia de Oriente en su obra. -Ahora estoy conociendo más Oriente. Lo que me gusta de esa pintura es la concepción del espacio vacío. En la pintura europea se llena el espacio de cosas, como en el barroco. Vaciando se llega a una simplicidad. En Oriente, una parte es expresar el vacío. Los occidentales no entienden el vacío de verdad, porque no tiene nada, y para ellos, hay que tener. -¿Se identifica con algún estilo? -Yo cambio de estilo porque me aburro, pero el alma sigue siendo igual. -¿Qué intenta mostrar en sus creaciones? -Yo no sé crear. La naturaleza es perfecta. No se puede imitar, sí su sistema, su construcción, eso sí hay que utilizarlo en pintura. La naturaleza es el gran maestro y hay que obedecerla, es Dios. Yo no tengo religión, soy animista, creo que cada cosa tiene un alma. -¿Está especialmente contento de alguno de sus trabajos? -Cada vez que pinto busco fallos, encuentro fallos. Eso es bueno, siempre hay que encontrar fallos, pero es un pozo sin fondo. Aunque vivas cien años más, no te llena lo que haces. Es algo parecido a creer en Dios, siempre viene la duda, la nada, y hay que tener más fe. -¿En qué trabaja actualmente? -Este año voy a exponer en el Ayuntamiento de A Coruña, pero no estoy pintando nada. Hace un año que no pinto. Mientras pueda comer no pinto, para qué. Hay que tener una obligación, un miedo, para trabajar. En el paraíso no existe el miedo, pero sí un gran aburrimiento. Ahora no tengo ninguna emoción por pintar, pero siempre estoy preparado. -¿Y no necesita mantener contacto con otros artistas para motivarse? -Tengo contacto a través de Internet. Hay cosas que me pican, que me emocionan. Pintura en realidad es forma y color. Se puede imitar a otros, porque es más cómodo, pero no es fácil. Picasso, por ejemplo, era un alma alegre, atrevida. Un alma estreñida, triste, no puede pensar así. -¿No se somete a ninguna disciplina para trabajar? -Cuando me apetece pintar, pinto, cuando no, no. Hay pintores más sistemático, que pintan cada día, que trabajan con algo del espíritu de un artesano. La inspiración no viene de la nada, viene trabajando, pero si no pintas, no puedes inspirarte, porque la mano no funciona y es la mano la que pinta, no la cabeza. La pintura no debe poner ideas, las ideas son el cerebro y no salen al cuadro, pero el alma sí. Hay que pasar un proceso de vacío y empezar con la mente en blanco, clara, sale mejor la obra, no quiero pensar en nada antes de empezar, sale peor. Siempre empiezo de cero, me pongo a pintar, digo esto me gusta, y sigo.

-¿Tiene alguna técnica favorita en su trabajo?

-Pinto con acrílico. El óleo es mucho más bonito, pero Galicia es muy húmeda y no seca, tarda meses. El acrílico es más fácil. -Y ahora que lleva un tiempo sin pintar, ¿no se aburre? -Siempre tengo juguetes. La casa, el jardín, me gusta bajar por la mañana a la taberna. Menos mal que los niños ya crecieron.

Yoshiro Tachibana muestra algunas de sus obras. Todas tienen en común una falta de saturación y un influencia de pintores como Matisse, con líneas bien definidas y colores que ocupan grandes espacios. Vende sus obras a coleccionistas particulares, sobre todo en España y Japón, aunque también tiene cuadros en Noruega. Después de 40 años en Muxía, Tachibana tiene claro que se quedará allí.

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