Una explosión de vida en los montes submarinos de Mallorca

La Fundación Biodivesidad estudia incluir en la Red Natura 2000 estos montes submarinos como Lugar de Interés Comunitario

Vista de una estrella de mar extraída durante la campaña científica en los montes submarinos del Canal de Mallorca
Vista de una estrella de mar extraída durante la campaña científica en los montes submarinos del Canal de Mallorca Efe
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Esponjas de aguas profundas, diminutas estrellas de mar desconocidas en el Mediterráneo, gambas blancas, crustáceos con pinta de Alien. Así hasta más de 120 especies de seres vivos que habitan las aguas de los tres montes submarinos situados en el Canal de Mallorca son algunos de los protagonistas de una campaña científica que termina el día 31.

Por un día, los 12 científicos y 16 tripulantes del buque oceanográfico Ángeles Albariño han compartido con media docena de periodistas su trabajo a bordo, en plena campaña científica, y les han enseñado lo que hacen para comprobar si la riqueza faunística de esa zona en particular del mar balear y su interés geológico la hacen merecedora de una protección especial.

La razón es que la Fundación Biodiversidad del Ministerio para la Transición Ecológica quiere incluir en la Red Natura 2000 estos tres montes submarinos que están entre las Pitiusas y Mallorca, como Lugar de Interés Comunitario (LIC).

En el marco del proyecto Life Intemares, la entidad está estudiando nueve zonas españolas para añadirlas a esa red que es el mayor proyecto de conservación marina de Europa, y estas montañas son una de ellas.

Todavía es de noche cuando el barco de 47 metros de eslora zarpa de Ibiza rumbo al Ausias March, el más cercano a costa de los tres montes cuyos secretos tienen 21 días para escudriñar. Emergen desde unos 1.000 metros y la cima plana del Ausias March se queda a solo 90 de la superficie.

Esta campaña deberá confirmar si los hábitats tienen el alto valor ecológico que se les presume y estudiar unas particulares formas geológicas llamadas «pockmarcks».

Para estudiar el fondo, la tripulación lanza al mar un artilugio llamado «patín bentónico» que irá atrapando muestras durante diez minutos de navegación.

Cuando lo recogen y vacían el preciado contenido de la red sobre una mesa para tamizarlo, siete biólogos lo rodean y se ponen manos a la obra para detectar y separar todos los seres vivos enredados en la masa grisácea que ha aflorado desde 300 metros de profundidad.

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Lo único apreciable en un primer vistazo son dos trozos de plástico de otro color, pero prestando más atención se descubren varios peces, gambas, algunas estrellas de mar, decenas de pincitas minúsculas en movimiento y hasta una medusa.

Las manos expertas separan cada ejemplar y van llenando cestillos, en un primer triado de especies que completarán en el laboratorio debajo de la cubierta, donde pesan y miden con celeridad los principales ejemplares y devuelven los que pueden al mar para garantizar su supervivencia.

Así fue como tras la campaña del año pasado (esta es la segunda y el año próximo habrá una tercera para completar el estudio), uno de los biólogos del Centro Oceanográfico de Baleares, Xisco Ordinas, detectó un tipo de estrella de mar, una ophiura, que hasta entonces solo se había citado en el Atlántico.

Entre los siete biólogos hay especialistas en estrellas de mar, crustáceos, peces, tiburones y rayas y esponjas, lo que permite que se repartan el trabajo y afinen la identificación. Así van elaborando una lista faunística que una hora después arrojará la sorprendente cifra de 29 especies distintas, y eso solo en la primera de las seis tomas de muestras de varios tipos que harán durante la jornada.

Cuando los biólogos están todavía atentos a sus microscopios para distinguir una escurridiza esponja de otra, desde la cubierta lanzan al mar una draga que extraerá sedimento. Izado a la superficie, ahora son cuatro geólogos los que rodean la muestra para analizarla.

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El tercer muestreo es otra draga, esta vez con rocas obtenidas en un montículo de la cima del Ausias March, a unos 340 metros, que sube repleta de piedras carbonatadas y restos fósiles de bivalvos y corales.

El siguiente paso es sumergir un trineo fotogramétrico con una cámara que resiste presiones de hasta 2.000 metros, para grabar imágenes de un afloramiento rocoso.

Unos minutos para reponer fuerzas y otro patín bentónico está en el agua, esta vez para recoger muestras a unos 120 metros. No hay tiempo que perder: cada día a bordo en esta campaña que coordina la Fundación Biodiversidad cuesta unos 11.000 euros.

Lo que surge esta vez a la superficie es todavía una mayor explosión de vida: sepias, anélidos, distintos peces y equinodermos, crustáceos, moluscos... Un par de horas después, la bióloga Teresa Farriols confirma que ya han identificado hasta 76 especies distintas en ese muestreo.

Mientras el barco regresa a puerto para devolver a los periodistas, los científicos siguen separando especies. «Recopilamos los datos de todos los lances y lo informatizamos» explica la bióloga Elena Marco sobre sus planes para esta velada. Con las últimas luces del día el ánimo a bordo no desfallece

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