Cambio climático: Escuchemos a la ciencia

«Nuestras premiadas ponen rostro a la excelencia de la investigación realizada por mujeres y aún no reconocida como se merece»

Joanne Chory y Sandra Myrna Díaz, Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2019
Joanne Chory y Sandra Myrna Díaz, Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica 2019

Redacción

Corremos contrarreloj en la lucha para frenar el cambio climático, esto es una evidencia científica prácticamente indiscutible. Y en esta carrera, todos formamos parte del mismo equipo, y casi llevamos el mismo dorsal. Por eso, todas las líneas de investigación que contribuyan a hacer más sostenible nuestro planeta y prolongar su vida son fundamentales. La ciencia y también la conciencia social son el camino más corto, o casi diría que el único para llegar a la meta. En este trayecto, el trabajo que han y están realizando las científicas Joanne Chory y Sandra Myrna Díaz, galardonadas con el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica, es fundamental, imprescindible.

Deseo aprovechar estas líneas para reivindicar el papel activo que debemos desempeñar los científicos en la aportación de soluciones a los grandes retos de la humanidad; un papel que va más allá de los laboratorios y que nos obliga a tomar tierra y llevar a pie de calle nuestros conocimientos. Debemos ser el espejo en el que se mire la sociedad, y nuestras galardonadas son un claro ejemplo de una ciencia comprometida que se sitúa a la vanguardia en la lucha contra el cambio climático y en la defensa de la biodiversidad.

Los trabajos de la bióloga Joanne Chory sobre las respuestas moleculares y genéticas de las plantas a las variaciones ambientales, en particular a la luz y temperatura, suponen una contribución fundamental para caminar hacia la sostenibilidad.  Y desde el punto de vista de la ciencia, supone escalar de estudiar los mecanismos moleculares en una planta modelo, hasta aplicarlo en una «superplanta de cultivo». Por su parte, las investigaciones de Sandra Myrna Díaz, según recoge el acta del jurado, permiten «cuantificar la importancia de la conservación de la biodiversidad funcional para garantizar los beneficios que los ecosistemas prestan a la Humanidad», tal y como reflejan sus contribuciones en revistas como Nature o Science.

Ambas han cosechado una larga trayectoria de distinciones a las que ahora se suma el reconocimiento que les concede la Fundación Princesa de Asturias. La investigadora norteamericana ha destacado por estudiar el desarrollo de plantas capaces de absorber hasta veinte veces más dióxido de carbono del aire que las gramíneas normales. Sus estudios indican que, con una modificación genética, las plantas pueden desarrollar raíces más duras y profundas que contengan parte del CO2 que normalmente expulsan a la atmósfera al pudrirse. A gran escala, si se aplica en los grandes cultivos de cereal en el mundo, podría reducir en un 20% la emisión de dióxido de carbono que está provocando el cambio climático.

La argentina Sandra Myrna Díaz es un referente científico en el área de la ecología y la botánica. Entre sus aportaciones destaca el desarrollo de una herramienta metodológica para cuantificar los efectos y beneficios de la biodiversidad de las plantas y la ecología vegetal de los ecosistemas y su aprovechamiento humano en forma de combustible, materiales, medicinas, tintes, alimentación, protección hídrica y otras aportaciones. Todo ello al servicio de la lucha para contrarrestar el calentamiento global.

Ambas comparten una visión de la ciencia que las lleva a proclamar la necesidad de actuar aquí y ahora. «La humanidad se encuentra en una encrucijada fundamental y la oportunidad para que la ciencia y la tecnología cambien la situación nunca ha sido mayor», proclamaba Chory, una científica que, además, es un ejemplo de actitud en la vida y a quien la Enfermedad de Parkinson no le ha impedido seguir avanzando en sus investigaciones. En una línea parecida defiende Sandra Myrna Díaz la importancia de la movilización ciudadana para cambiar el sistema y apostar por «una fábrica de la vida sana y ordenada donde quepamos todos, el planeta incluido».

No puede ser más oportuno este reconocimiento, que debe hacerse extensivo a todas las personas que de forma anónima y callada contribuyen a la sostenibilidad del planeta con gestos sencillos que incorporan a la vida cotidiana. Este premio debe servirnos para tomar conciencia de que todos podemos colaborar en los grandes retos recogidos en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible; todos podemos contribuir a mantener unos océanos libres de plástico, a reducir las emisiones de C02 a la atmósfera y a conseguir una vida más saludable y un planeta más sostenible.

Y dejo para estas últimas líneas otra de las grandes reivindicaciones que, a mi juicio, supone este premio: el papel de la mujer en la ciencia y el techo de cristal, una asignatura pendiente a lo largo de la historia que nos afanamos por tratar de superar. Nuestras premiadas ponen rostro a la excelencia de la investigación realizada por mujeres y aún no reconocida como se merece.

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