Los seres humanos están haciendo más competitivos a los delfines

La especie mular tiende hacia al aislamiento, según el trabajo de un investigador gallego


El delfín mular tiene uno de los cerebros más grandes en proporción a su tamaño. Esta ventaja evolutiva le permite disponer de mecanismos tan útiles como la ecolocalización, que le ayuda a encontrar presas. Es además uno de los mamiferos más inteligentes del reino animal, dotado incluso de personalidad. Aunque el éxito de la especie reside sobre todo en su sistema social, comparable al de un chimpacé o un humano y diferente al de las orcas, que se agrupan en función de lazos familares. «Los grupos que forman son realmente complejos. En las Rías Baixas hemos encontrado varias comunidades que se unen en función de muchas variables. Forman grupos por amistad y se distancian de aquellos que no pueden ver en ni en pintura, igual que nosotros. Esta complejidad social le ha llevado a conquistar con éxito el medio en el que vive», explica Bruno Díaz, director del Instituto para el Estudio de los Delfínes Mulares, con sede en O Grove. La comunidad científica ha localizado grupos de delfines que se reúnen únicamente para jugar.

Sin embargo, miles de años de interacción social están amenazados ahora por la actividad humana. «A veces nos olvidamos que en el medio marino estamos invitados. Y cuando hablamos de un ecosistema costero, nuestras actividades, como la pesca, causan un gran impacto en la vida bajo el mar», asegura Díaz. El investigador gallego ha publicado recientemente un artículo en la prestigiosa revista Behavioural Ecology, en el que detalla como se están rompiendo las redes sociales de estos animales. «Estuvimos estudiando una zona costera del Mediterráneo durante diez años. Y lo primero que descubrimos es que el número de ejemplares aumentó durante ese período, al contrario de lo que uno podría relacionar cuando investiga el impacto de los seres humanos», confiesa. Esto tiene sentido cuando se comprueba que la esquilmación que suele producirse tiende a concentrar a los peces en una zona determinada y, en consecuencia, también a su depredador, los delfínes. «Pero al aumentar la densidad, también crece la competitividad entre los ejemplares y esto provoca que los lazos sociales se deterioren. Para que se entienda mejor, podría poner el ejemplo de un pueblo y una gran ciudad. Cualquier persona tendrá más sociabilidad y sentirá menos estrés en una pequeña localidad que en una gran área urbana, donde existe más competividad y menos conexiones con nuestro entorno. En este estudio se pudo comprobar como debido a la comptencia, el nivel de relación entre delfines caía en picado. Y esto acabará afectando al intercambio genético», advierte.

La morriña de las ballenas

xavier fonseca

Los científicos creen que los recientes avistamientos indican que las ballenas vuelven a Galicia para comer

Hubo un tiempo en la localidad coruñesa de Cee en el que las tapas en los bares no eran de tortilla, sino de carne de ballena. La vida en este pueblo giraba en torno al gigante del océano. «Hai teorías que incluso apuntan a que o nome deriva do termo cetus que significa balea en latín», apunta el historiador Víctor Castiñeira.

Cee, Cangas y Xove fueron las capitales de aquella Galicia ballenera, cuya historia se remonta hasta el siglo XII. «La caza de la ballena la introdujeron los vascos. Al principio llegaron a la costa gallega con embarcaciones pequeñas pero a partir del siglo XVII venían con galeones y también empezaron a incorporar tripulación local. A través de la caza artesanal capturaban ballenas francas, de pequeño tamaño y con mucha grasa, algo que permitía que flotasen. Además, la madre siempre protegía a la cría y resultaba muy fácil cazar a ambas», relata Covadonga López, directora del Museo Massó de Bueu.

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