Cuando Galicia veía icebergs

Hace miles de años nuestra comunidad tenía frías corrientes


redacción / la voz

La comunidad científica ha descubierto en las aguas del Atlántico la piedra Rosetta del clima, un sedimento marino que permite remontar en el tiempo y estudiar las condiciones de antaño. Desde hace miles de años la vegetación, a través de los vientos, ha estado depositando grandes cantidades de polen sobre el Tajo. El río suministraba después ese polen al océano, que ha ido acumulándose en el fondo a lo largo de eones. «A partir de estos sedimentos tan valiosos ha sido posible saber, por ejemplo, que en momentos puntuales del pasado las aguas llegaban desde la Antártida hasta la Península», asegura Belén Martrat, investigadora Ramón y Cajal del CSIC.

Hace 25.000 y 18.000 años, durante el transcurso de la última glaciación, la circulación oceánica global experimentó cambios profundos. «Para que la corriente del Golfo aporte calor a Europa tiene que alcanzar latitudes de unos 75 grados. Sin embargo, en estos períodos llegaba únicamente a Francia o al Reino Unido, hasta donde descendían además los casquetes polares. También se frenó la formación de aguas profundas en el Ártico y solo funciona en la Antártida. De esta forma, el agua fría llegaba por el fondo hasta Galicia», reconoce la científica. En aquel contexto climático, con aguas frías que venían de la Antártida y los icebergs desde el Ártico, frente a las costas gallegas era habitual observar estos gigantes de hielo. «Lógicamente la presencia de aquellos icebergs no tenía tanto impacto porque no había una actividad pesquera como la de hoy», matiza.

La última investigación en la que ha participado Martrat se ha remontado más de 100.000 años para encontrar una etapa cálida con unas condiciones parecidas a las de hoy y estudiar eventos extremos que se produjesen a escalas humanas, es decir, en breves períodos temporales, como puede ser un siglo, en que el puede haber hasta tres generaciones. «Lo que hemos encontrado son grandes etapas de inestabilidad climática, hasta siete en el último período interglaciar», explica.

La lección que se extrae de este importante artículo que se ha publicado en la revista Nature enseña que el clima se ha comportado durante la historia como un sistema muy dinámico y en muchos momentos inestable. Y todo ello sin la intervención humana. «La variabilidad natural del clima es de por sí muy potente y encima ahora nosotros estamos alterando con nuestras actividades la naturaleza de la atmósfera y el océano. Esto provoca que la situación sea ahora mismo muy incierta. Estamos haciendo un experimento sin saber cómo puede acabar», advierte. En realidad por mucho que la comunidad científica trate de localizar un clima como el de ahora no servirá de mucho porque siempre faltará el factor humano. «Desde que terminó la Pequeña Edad de Hielo empezaron a subir las temperaturas por encima de lo esperado y los modelos no pueden explicar este calentamiento de forma natural», reconoce.

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