a igualdad marcó la primera mitad, con un cuarto para cada equipo y pequeñas ventajas que ninguno fue capaz de consolidar. El Estudiantes encontró buena parte de su producción ofensiva en el acierto exterior, especialmente de un Silverio inspirado, que convirtió lanzamientos de mucho merito y permitió a los madrileños creer en sus posibilidades.
La salida de los equipos tras el descanso cambió el rumbo del encuentro. Granger asumió el control del partido, generando ventajas tanto para sí mismo como para sus compañeros; y el Estudiantes alcanzó su máxima diferencia. A falta de seis minutos para el final, el 75-60 parecía dejar el ascenso muy encaminado para los madrileños.
Pero era un partido destinado a decidirse desde las emociones y la capacidad competitiva de ambos equipos. Cuando la situación era más crítica, el Leyma encontró la serenidad necesaria para seguir creyendo. Con quince puntos de desventaja y el tiempo agotándose, Carles Marco supo transmitir un mensaje claro: controlar la ansiedad, confiar en el trabajo realizado durante toda la temporada y seguir ejecutando el plan.
Tácticamente, llegaron los ajustes que cambiaron el partido. La apuesta por Cremo en la posición de cuatro abrió espacios en ataque y permitió aumentar el ritmo de juego. En defensa, la decisión de asumir cambios automáticos en el bloqueo directo llevó a emparejamientos que inicialmente parecían desfavorables, pero que terminaron siendo determinantes. Diop aceptó el reto de defender lejos del aro y acabó conteniendo a Granger en varias posesiones decisivas, obligando al Estudiantes a jugar situaciones de uno contra uno cada vez más exigentes y alejadas de sus zonas de confort.
El Estudiantes, primero, y el Leyma, después, no pudieron rematar la faena en el tiempo reglamentario. En una de las temporadas más igualadas que se recuerdan, donde el average decidió el ascenso directo, el playoff, el descenso y la última plaza de promoción se resolvió tras una prórroga, el desenlace no podía ser otro que un partido para la historia.
La construcción de la identidad de un club se sostiene sobre noches como la vivida en el Coliseum. No son únicamente victorias; son experiencias compartidas que fortalecen el vínculo entre equipo, afición y ciudad. El ascenso culmina una temporada extraordinaria, coronada además con el récord de victorias en la liga regular.
Hay partidos que se ganan. Y hay partidos que pasan a formar parte de la memoria colectiva de un club. ¡Qué bonito es el baloncesto!