La residencia de Ribeira


Los jóvenes miran al mundo como un infinito de posibilidades; nosotros, los de edad media, nos ponemos las orejeras del trabajo y la responsabilidad para no mirar más que al presente inmediato y nos perdemos las grandes panorámicas que ofrece la vida. Y los mayores tienen -o tenían- espléndidas vistas al pasado. Un pasado al que contemplar, al que volver, unas veces con satisfacción y otras tantas con pesar. Una marmita de recuerdos agridulces donde revivir el primer gol o el cuarto rechazo. Recuerdos por los que se navega lentamente, como en un barco de papel…

Desde la expansión del virus en la residencia ronda un dolor sordo por el municipio. Todo mi ánimo a los trabajadores. ¿Mas qué podría decir yo a los internos? Yo he nacido libre gracias a ellos, gracias a las generaciones que me han precedido. Yo he nacido libre por el legado recibido de los mayores de nuestro pueblo. A ustedes, venerables ancianos, les digo: gracias, gracias, gracias.

A los residentes fallecidos: no es que los sintamos cerca, no es que los sintamos lejos, es que los sentimos dentro, habitando en nuestra sangre, palpitando con nosotros. José, Ángel, todos. Son hojas arrancadas del libro de la vida con las que un Castañero envuelve, como si fuesen un manojo de castañas, los corazones de los ribeirenses, para mantenernos juntos y calientes mientras dure este frío. Descansen en paz en nosotros, que también seremos hojas arrancadas algún día, y si el Castañero nos pliega como un barquito de papel, navegaremos hacia ustedes porque su recuerdo es nuestra brújula.

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