Agravio comparativo


Desde Boston a Londres, pasando por Berlín, Barcelona, París o Ribeira, todos los estudios de los más prestigiosos científicos sobre la pandemia del covid tienen algo en común: el mejor sitio para la propagación del virus son los lugares cerrados, pequeños y poco ventilados. Es de los pocos axiomas en los cuales todos están de acuerdo, eso sí, no todos los sitios cerrados son iguales, me explico, no es igual un avión totalmente lleno, un metro hasta los topes, un bus, un centro comercial donde a la entrada en un folio Din-A4 podemos leer «aforo máximo 2.245» sin que nadie cuente al primer cliente.

En realidad el problema de la hostelería no es el aforo, que se cumple; ni el gel, que se tiene; ni las mascarillas, que se ponen. Es el problema de siempre, un sector que solo en nuestro país mueve decenas de miles de puestos de trabajo, directos e indirectos, la unión es escasa o nula y eso lleva en momentos como estos a ser el cabeza de turco de la pandemia, sin demostración alguna del más mínimo brote. Pero en realidad, ningún hostelero va a pedirle a quien más sabe que nos deje más aforo, que nos deje más horas, y que comprenda que el 50 % de terraza en Galicia en estos meses es como vender hielo en el Polo Norte. A quien corresponda, las hosteleras, las camareras, los proveedores, etcétera, solo pedimos una cosa, y nada más, no nos dejen morir, necesitamos las ayudas que recibe nuestro sector en otros países de Europa.

Por supuesto que no necesitamos el 75 % de la facturación del 2019 que da Alemania, pero con mucho menos podremos resistir y cuando esto pase, que pasará y pronto, podremos ponernos todas y todos detrás de las barras defendiendo las decenas de miles de puestos de trabajo que sin esas ayudas se perderán y después sí que será difícil volver.

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