De Ribeira al cielo


Antes de salir en programas de cocina y de canto, los niños de Ribeira nos íbamos de acampada a Cabío, la Cascada o a Couso. Aún no existían las tiendas de campaña de Decathlon que tiras al aire y se montan solas con cocina, garaje e hipoteca… no, no, no. Nosotros montábamos las de tipo iglú o las canadienses, usando piedras para clavar las piquetas. Y si hacía viento se nos caía la tienda, cosa que no nos traumatizó. Teníamos una navaja por si había lobos y un poco de sal para hacer un círculo por si aparecía la Santa Compaña. Esas eran nuestras únicas precauciones y preocupaciones.

A las horas en que nuestros padres dormían, nosotros salíamos de la tienda y mirábamos hacia arriba. Lo que nos decían las estrellas en aquellas noches no volverían a decírnoslo nunca más, era la luz de nuestro pueblo, de nuestro mundo, de nuestra infancia y de nuestra vida. Una luz que nunca se repite. Una luz que te cuenta su secreto, pero un secreto que es distinto cada noche.

Esa luz que luego nos falta a los adultos cuando alimentamos al insomnio pensando si nuestra vida es la mejor de las que pudiéramos haber vivido. ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué no me fui? Ese ejército de preguntas que acecha en las noches en que huimos de la verdad y la belleza, vagando ciegos por un universo que no existe.

Ahí arriba hay un motivo para no huir o, al menos, para huir mejor. Las contemplaron tus abuelos, tus padres y tú de niño. Vete a un lugar despejado de héroes y tumbas, alza la vista y recuerda: lo que te digan las estrellas esta noche no volverán a decírtelo jamás.

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