Yo aún lo llamo Haley


Ribeira, año 1998, el centro comercial Haley abría sus puertas y las multitudes enaltecidas nos sentíamos como si estuviésemos en una fiesta de fin de año en la Quinta Avenida. Flotaba cierta extrañeza futurista en el ambiente. Al entrar había algunos dispositivos con cascos para escuchar cedés. De aquella, la gente aún escuchaba música como actividad principal y no como acompañamiento de otras. En pie y por turnos desgastábamos el disco Canciones prohibidas de Extremoduro.

Por aquel entonces, los de mi quinta estábamos a caballo entre las guerras de piedras en el monte y el primer amor. Y el Haley traía consigo un cine con tres salas que, lo crean o no, en los 90 nos parecían muchísimas salas. «¿Quieres venir conmigo al cine?» era una frase institucionalizada para ligar, catalizadora de códigos hormonales. Cuando te decían que sí, rara vez mirabas la película, eso explica que yo sepa tanto de cine. Ningún beso me interrumpió Gladiator. Chupaos esa, ligones.

Ya no se llama así, ya no es el Haley. Pero en 1835, cuando el cometa Halley se aproximaba a su perihelio, en Misuri nació Samuel Langhorne Clemens. Muchos años después, en su lecho de muerte, Samuel dijo a sus allegados: «He venido con el cometa y me iré con él». Así fue, un 21 de abril de 1919 falleció mientras el cometa volvía a su perihelio. A Mr. Clemens quizá lo conozcan mejor por el seudónimo con el que firmaba sus libros: Mark Twain. Por nostalgia, por los astros, por los libros y por la chica que no quiso venir conmigo a ver Gladiator… yo aún lo llamo Haley.

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