Parecía otro hombre


Cuando papá llegó a casa con nuestros nombres tatuados en el bíceps todos nos sorprendimos. Aquel hombre gris y aburrido dedicó su vida a un trabajo que le disgustaba; el único riesgo que había tomado en los últimos años fue cambiar de marca en las latas de atún que traía del súper. Nos chocó tanto que nos dio la risa, él se enfadó y dio un portazo diciéndonos que no valorábamos sus regalos de cumpleaños.

Meses después llegaría a entender que mamá ese día se rio con él y no de él. Me dijo: «Tu padre de joven no era huraño, al contrario. Él creía que cada hombre debía construir su catedral y quiso ser boxeador, pianista, astronauta… era incapaz de prestar atención a las cosas que no le interesaban, por suerte le interesaban muchas cosas. Un día las aparcó y se centró en su negocio, era su deber y allí fue extinguiéndose… pero esos tatuajes me recordaron a los días en que soñaba con todo. Era desesperante, pero también era divertido, imprevisible y hasta un poco guapo».

Conocí mejor a papá a partir de lo del tatuaje, por las noches nos hablaba de las estrellas y no del curre. También se compró unos guantes de boxeo. Parecía otro hombre. Él lo supo antes que nadie, nosotros nos enteramos cuando empezaba a ser obvio: tenía alzhéimer. Se había tatuado nuestros nombres para fijarnos en su memoria cada vez que lo leyese, para que fuésemos lo último que olvidase.

Me fumo un pitillo en la ventana, el viejo se mira el bíceps con extrañeza y en este cementerio de farolas llamado Ribeira, tabaco, tatuajes y tristeza se van robando la te inicial.

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