Madrid


He comprado una cazadora que me pone la voz ronca, me hace parecer un detective con un secreto que contarte tras la columna de un párking. Me voy esta semana a Madrid, y me llevo conmigo esta cazadora, es fantástica para ver el mar. Aquel mar que vi en Madrid cuando vivía allí. Quisiera verlo de nuevo, como la primera vez. A lo mejor no soy capaz.

Porque ahora tengo 35 años y no me gustaría ver el mar de hoy. Quiero ver el otro, el mar de antes, el de cuando tenía 20 y había sal y relámpagos y lamparones en el chándal y tres litronas antes de entrar al museo del Prado. La vida tiene la manía de suceder constantemente. Mañana entraré en el Prado con una cazadora al que ese yo de 20 años le diría: «¡Aquí llega el FBI!». Lo peor que puede creerse un tío de Padín, sin duda, es que es gracioso.

Mientras escribo esto me despista un niño, acaba de gritar en el callejón de mi casa: «¡Hasta mañana, amigo!». Y hay que otro contesta: «Mañana bajo el balón y jugamos otra vez, amigo». Los niños lo tienen todo tan claro que me hacen sentir como un secador de manos del baño de un bar, una cosa inútil, pues las manos hay que secarlas en el pantalón. El yo con 20 años era un flipado; el yo de los 30, un quejica. Y ni siquiera sé cuál de los dos está escribiendo este artículo.

Mañana voy al museo del Prado con una cazadora muy chula, veré los cuadros de Goya y Rembrandt y luego me tomaré un vino, brindaré contra la posmodernidad y me perderé en la cimbreante espalda de leche que cobija la noche madrileña. Tal vez el mar es siempre el mismo, son los ojos que lo miran los que cambian.

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