Bruñido de tormentas

El ribeirense Antonio Fernández dedicó gran parte de su vida al mar y a cuidar de su familia


A Toño solo había que mirarlo dos segundos para saber que era un hombre de mar. Había algo natural en su compostura, una seguridad innata frente al vendaval que en gente de tierra resultaría ridícula. Tan moreno, tan de salitre, tan sonriente, tan nocturno, tan joven, tantas ondas, tan generoso, tan relente de la luna, tantas mareas… Sé que ahora está zarpando hacia algún puerto, como lleva haciendo toda la vida. Va a ponerlo todo patas para arriba en cuanto llegue.

Me lo imagino con el viento a favor -parte de su secreto es que él mismo fue siempre su propio viento-, echando un pitillo en la proa y riéndose con el horizonte. Cuando un lucero solitario palpite en el ocaso como si estuviese tronchándose de un chiste será la luz del mechero de mi tío Toño, mandándonos mensajes en Morse, cartografiándonos rutas donde no naufragar mientras su ausencia nos deja en la boca un regusto salado de oleaje y lágrimas.

La familia lo es todo, la que está aquí con nosotros y la que nos espera en la otra orilla. Eso lo sabía bien Toño. No le dio tiempo a jubilarse, se marchó sin envejecer, con los ojos bruñidos de tormentas en su última lección de fuerza.

Trabajador incansable, alegre en el vermú; siempre con sus alas de cormorán extendidas, planeando sobre la red de estrellas que llevaba en el océano de su corazón.

Nunca me olvidaré de las noches en que Josmy, tú y yo izamos la bandera pirata, tío. Las olas hablan el extraño lenguaje de los recuerdos, su rumor siempre nos traerá de vuelta tu navío y algún día le hablaré de ti a mis hijos: escuchad, Antonio Fernández navegó por todos los mares, pero todos los mares navegaban en él y, además, me ayudó mucho.

Como os dije, a Toño tan solo había que mirarlo dos segundos para saber que era un hombre de mar, pero sobraba con uno para darse cuenta de que era un hombre bueno.

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