Contra la tierra


Lija y terciopelo

Antes de empezar a escribir en La Voz de Galicia, yo tenía una merecida fama de tarambana, beodo y gandul. Habitualmente escribía chorradas por Internet y un exjoven que ahora es un gran amigo, Álvaro, se fijó y me dijo: «¿Te gustaría probar en el periódico?» No sabía nada de hacer columnas. «Claro», le respondí.

Al principio, mis artículos eran una mierda. Un día escuché el primer aplauso. Y me gustó. Tenía que mejorar, quería ser menos chapuzas. Leí a los grandes columnistas, leí sobre creación literaria, leí los botes de champú y los posos del café. Me sentía un pez fuera del agua, porque a mí más que opinar me gustaba contar, no tengo madera de articulista de opinión.

Conté en vez de opinar y no sé si mis textos dejaron de ser una mierda, pero ¿saben? alguien me dio un abrazo por ellos. Otro alguien me enseñó un artículo mío enmarcado en su casa. Otro me dijo: «Me siento contigo la noche del jueves, con un vaso de whisky y la esperanza de que me hagas llorar». En Ribeira hasta empezaron a preguntarme si yo era el escritor, ¡el escritor, en vez del borracho del pueblo! Me sentí menos solo. Sonreí en mi casa muchas veces, incluso al estar triste.

Hasta Júpiter me cantó. Y su voz apagó mi grito de espanto. Siempre llevo conmigo ese grito en el bolsillo, meto la mano y lo acaricio. Calla, calla, le digo, y se hace pequeño. Hay días que pienso en dejar La Voz, pero el grito cesa porque lo suelto aquí, en este folio. Cómo no regresar a esta hoja cubierta por las llamas si todo cuanto amo, contra la tierra y el olvido, desmaya en ella el dolor de sus huesos.

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