Crecer sin prisa


Ayer fui a cenar a la pizzería La Tana, recién abierta en Ribeira, y pude ver entre quesos y tomates todo el trabajo duro que han hecho Laura y Gaby al empezar este negocio. Recuerdo cuando regentaban un carrito móvil de pizzas y como cada noche de Dorna estaban en la calle para salvarnos la vida. Ahora han echado raíces y han crecido.

Me puse a pensar en aquel día en que una editorial se puso en contacto conmigo: «Buenas, señor Sanmamed -siempre que me llaman señor pienso que es una broma-, hemos leído sus escritos y nos gustaría tener una reunión con usted». En los cómics de Astérix solían representar a Cleopatra sumergida en baños de leche. Yo ya me veía a mí mismo en una bañera llena de Malibú con piña, porque la lactosa me sienta regular.

Acudí a aquel encuentro como un quinceañero que intenta desabrochar su primer sostén: cagado vivo, contento e intentando aparentar la seguridad de Leónidas. «Usted nos escribe textos para un tercero y luego le publicamos un libro de su autoría. Es una gran oportunidad. Firme aquí…». Vamos, ya estaba preparando los chistes que le iba a contar a Pérez-Reverte.

Entre contratos de confidencialidad, hermetismos y pérdida de derechos de lo escrito les das tu trabajo, tu sueño, y sale en la foto de la solapa del libro otro «escritor» más guapo y famoso que tú. Da rabia. Entonces piensas «me resarciré en la obra que me van a publicar a mí». Pero ya nadie coge el teléfono y donde firmas no pone nada de una novela para ti… Así aprendí que primero hay que llevar el carrito móvil de las pizzas por la calle, que hay que crecer sin prisa.

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