Balada del yonqui y Ribeira


En Ribeira hay un yonqui y le falta un diente, nena. Por ese desdentado agujerito se puede ver a la luna con su verde blues de ecos y espejos donde reverberan sollozos, frescos tulipanes del llanto. Duerme con gente, pero su cama está vacía de todo lo que ama y esperanza es solo el título de alguna canción. Cuando éramos chavales, él rompía corazones, nena, ahora solo rompe venas. Cuando éramos chavales, nena, a mí me rompió la cara, ahora solo me rompe el corazón.

En Ribeira hay un yonqui y le falta un diente, nena. Cuando el amor ya no se clava en la carne, él se empeña en ser jinete del peor caballo; el dolor líquido y amargo y sordo y solitario, nena. Cada vez hay más jinetes, van a pillar a un sitio al lado de donde trabajo. Él me daba mucha pena y le dije «pídeme lo que quieras, te echaré una mano». Al final él me echó la mano a mí, lo pillé robándome y me sentí mal, nena.

En Ribeira hay un yonqui y le falta un diente, nena. Y yo me sentí mal cuando me robó porque le había ofrecido una mano y quería sentir que lo salvaba, pero me dijeron «ya ha robado hasta a su madre, tronco». Claro, ¿cómo no va a hurtarme a mí, que solo soy un simulacro de farmacéutico sin carácter? La peatonal es así, con sus normas y sus iridiscencias y sus penas.

La diarrea son burbujas, el trapicheo son besos con lengua de navaja, el mono es una tétrica flor, el ahora es un parece que nunca fue, Jesús Cartelle es el último abrazo sincero, todas las baladas son de Amy Winehouse y por el hueco del diente cada día intentan saltar al vacío todos los yonquis de Ribeira, nena.

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Balada del yonqui y Ribeira