Harakiri


A menos de cien días de las elecciones municipales, el PP parece estar decidido a practicarse el harakiri en Ribeira; por lo menos, la aparente inoperancia de las instancias superiores así lleva a concluir. Solamente una sorpresa mayúscula puede evitar que las entrañas de la formación en su feudo fetiche acaben desparramadas. Y mientras tanto, una vez que la reconciliación por motu proprio de los bandos enfrentados parece imposible, aquel o aquellos que deberían coger el coche oficial, del partido o el suyo, recorrer la onerosa AP-9, enfilar la AG-11 y sentar en Santa Uxía a los unos, a los y a los terceros para poner orden, da la impresión de que están más atentos a otras poltronas de enjundia que a la de la alcaldía de la capital barbanzana, como si en ella no se jugasen, por ejemplo, un diputado provincial, o, lo que es peor, la seriedad que hasta no mucho se les suponía, como el valor en la mili.

El destripado por el honorable método de suicidio a la japonesa no será Manolo Ruiz, sino el propio partido, cuyos dirigentes están más atentos a cuitas ajenas que a las propias, ignorando detalles como que un edificio no se levanta sin cimientos, y los cimientos se asientan en la base, lo que no deja de ser una metáfora, como lo fue en su día en el PSOE de Ribeira, sin que desde entonces fuese posible levantar un proyecto creíble.

Manolo Ruiz tiene el riesgo probable de perder más concejales, a pesar de estar a punto de cerrar un excelente mandato, en el que hubo diálogo, acuerdo y obra, mérito también de una buena y leal oposición; pero la daga del harakiri ya está en posición con el pueril argumento: «Es que no me dio una chuche».

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