Políticos de oficio


En la antigüedad, las comunidades organizaban su gobierno eligiendo a las personas que consideraban más capacitadas para ello, basándose en su trayectoria social. Y debían reunir dos cualidades fundamentales: responsabilidad y experiencia. Así, elegían a aquellos que, a lo largo de su vida, habían atesorado más conocimientos y demostrado mayor equidad y sensatez. Para ser gobernados, preferían y aceptaban ?por encima del poder? la autoridad moral que daba la experiencia. Era una elección entre la auctoritas y la potestas, ambas recogidas en el Derecho romano, frente a la fuerza bruta o a la retórica populista siempre consustanciales con el ser humano. Puesto que pronto empezaremos a escuchar y comentar las listas de los diferentes candidatos a las elecciones municipales, nos podemos preguntar: ¿Estamos eligiendo a las personas que mejor nos representan por sus condiciones morales o de experiencia? ¿Es suficiente la trayectoria política de un candidato, como único mérito para representarnos? Y aquí nos encontramos con la debatida y nunca resuelta cuestión: ¿Políticos de oficio o candidatos con otras experiencias y reconocida capacidad de gestión? ¿Sería mejor que nos gobernase un gestor con otras experiencias laborales o empresariales o un político carente de tales condiciones?

No es una disyuntiva baladí. Y que nadie se crea que quien esto firma tiene la cuestión totalmente clara. Aunque, puestos a discernir y llevada la elección a términos de feliz utopía, al firmante le gustaría que prevaleciese la auctoritas sobre la potestas. O para que nos entendamos, el saber frente al poder político.

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