Mercedes, año 2080


Aquel viernes 10 de agosto Ribeira amaneció con una noticia inusual. Un anciano se había fugado del asilo. Según las pesquisas, el susodicho había comprado una silla de ruedas con motorcito tras haber vendido a buen precio todo el Sintrom que almacenaba bajo la cama.

Una testigo de Bandourrío comentó: «A las siete de la mañana saltó de la ventana, cayó en la silla y arrancó. No huía muy veloz, pero en los ojos de ese octogeranio había algo imparable». Sus compañeros de la residencia alegaban que él había escapado porque estaba harto de que lo lavaran diariamente, que estaba un poco chiflado y se creía poeta. «Hoy es mi aniversario. Aún la quiero tanto como cuando nos casamos en el verano del 2019», gritó desde la silla a unos extrañados transeúntes al pasar por Boiro de camino a Santiago.

No fue hasta la noche de ese mismo 10 de agosto cuando llegó a la plaza de la Quintana, allí dos niñas decidieron espiarlo por parecerles un viejo loco… En este punto todo se vuelve confuso: no había gente en la calle y las niñas lo observaban escondidas. Él se quedó absorto, lacrimoso, mirando al cielo lleno de estrellas. Sonreía. Bajó la mirada, se agachó y recogió del suelo lo que parecía ser un anillo blanco y resplandeciente. Ellas lo oyeron susurrarle al cielo: «Mer, se te ha caído esto». Alzó la joya. Por un momento creyeron ver como una mano delicada, bellísima como una sombra, la recogía.

A él lo metieron en la ambulancia de vuelta a la residencia. Y las niñas juraron ante las autoridades que la luna jamás había brillado tanto en Santiago como aquella noche.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
58 votos
Comentarios

Mercedes, año 2080