¡Cuidado que llega Félix!


Parece mentira que muchos sigan sin saber que en esta esquina del noroeste peninsular llueve. Chaparrones, aguaceros, trombas de agua, chuzos de punta y pamperos han caído del cielo sin que nadie se echara las manos a la cabeza, porque aquí siempre ha sido así. Sin embargo, unos cuantos meses de sequía y la alarma de que el cambio climático podría estar detrás de esos cielos despejados que durante semanas adornaron la comarca, han provocado que muchos parroquianos se asusten ahora cada vez que los hombres/mujeres del tiempo anuncian la llegada de una ciclogénesis explosiva, o lo que es lo mismo, de un temporal de toda la vida.

Todavía recuerdo cuando íbamos al instituto de A Pobra y caminábamos por el paseo del arenal con el viento y la lluvia en contra y sin temor a que nos fuera a pasar nada más que empaparnos hasta los huesos porque, semana si y semana también, era habitual ir casi volando a clase y pocos eran los paraguas que sobrevivían a esa batalla contra los elementos. Incluso hubo un año que empezó a diluviar después de las fiestas del Nazareno y no acabó hasta que llegó mayo, justo a tiempo para poder disfrutar de las vacaciones de verano. En todos esos largos y lúgubres meses nadie habló de ciclogénesis ni demás gaitas, llovía, llovía y volvía a llover. Ya estábamos acostumbrados. De hecho, cuando en el telediario veíamos que en otros lugares de España caía una tromba de agua y todo se inundaba en cuestión de segundos, siempre asegurábamos que aquí no pasaría, porque aquí era normal que lloviera. Hasta el año pasado.

La acumulación de tantos meses sin precipitaciones nos hizo olvidar años y años de una enorme tradición de borrascas encadenadas y, hace una semana, cuando un chaparrón de apenas veinte minutos descargó su ira sobre la comarca, parecía que nunca habíamos visto llover de esa manera. La coincidencia de la pleamar con el aguacero hizo que se produjeran varias inundaciones en carreteras y plazas, y que incluso se hicieran virales varios vídeos de calles de Ribeira y Rianxo convertidas en auténticas cataratas.

Para este fin de semana se esperan vientos huracanados y olas de más de nueve metros de alto, que vendrán servidos por la borrasca bautizada como Félix, y de la que no nos acordaremos dentro de dos días, porque ahora, como todas las ciclogénesis tienen nombre, es imposible memorizarlas.

¿Dónde queda aquella Hortensia? Aquello sí que fue un temporal para recordar, con árboles y farolas caídos, y mucha, mucha lluvia. Porque aquí siempre ha llovido, así que no se olviden el paraguas y el chubasquero, porque Félix está llamando a la puerta.

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