A Samuel, gracias


De todos los malos vicios que poseo, el que más odio afecta directamente a mi profesión de arquitecto de caracteres y, para continuar con el símil, digamos que se me antoja una odisea planificar el encargo de una cocina con barra americana donde quisiera meter también comedor, salón, estudio y, ¡qué diablos!, seguro que un casino entraría perfecto. Pero no hay espacio. Y eso mismo me pasa con esta crónica ciudadana. Mi intención era la de abordar un acontecimiento de carácter internacional, pero ante la proximidad de la huelga del 8 de marzo también quería hablar de la lucha feminista. Por si fuese poco, tenía guardada una reflexión sobre el racismo en la actualidad, ante unos comentarios que eliminé muy gustosamente de nuestra página de Facebook, ya que empañaban la historia de una querida familia chilena que eligió Ribeira para construir su futuro. Desoyendo todo lo que aprendí en mi facultad y tomando como guía lo que escuché de estudiantes ebrios en San Cemento, me dispongo a dibujar los planos de aquella habitación digna del dirigente de una república soviética.

Hace tan solo una semana, La Voz de Galicia publicaba la que fue la muerte del primer ciudadano español en ese conflicto interminable que denominamos la guerra de Siria. No, no se trató de un militar del ejército regular que estuviese realizando alguna misión en el marco de una coalición internacional. Tampoco se trató de un periodista que estuviese cubriendo los desastres o de un civil que se hallase realizando labores humanitarias. Su nombre era Samuel Prada León, un ourensano que se dejó la piel luchando contra el Estado Islámico junto a las milicias kurdas del YPG (Unidades de Protección del Pueblo), las mismas que tomaron la capital del califato autoproclamado, Raqa. Las mismas con las que miles de mujeres empuñaron un fusil para ser la punta de lanza que liberó la ciudad de Kobane. Ya les sonará cuando Spielberg haga la película. Pero vaticino que saldrán muchos menos kurdos y muchos más americanos.

Me es sobradamente complicado no establecer paralelismos históricos entre lo que llevó a un joven de 24 años a morir en tierra extranjera en pleno año 2018 a lo que hicieron las Brigadas Internacionales en España en el 1936. También recuerdo que, por aquel entonces, la Segunda República aún dejaba participar a las mujeres en la lucha contra el fascismo y así lo hicieron las milicianas, hasta que las relegaron a enfermeras y cocineras. Por eso el recuerdo de Samuel simboliza esperanza. Esta es la lección de quien no dudó en ayudar a una sociedad distinta en el color de su piel, cultura y creencias para hacer frente a un mal mayor que no entiende de fronteras. Y quizás también tengamos mucho que aprender de las heroínas de Kobane. A vosotras y a él, gracias.

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A Samuel, gracias