No es país para choqueiros


Hola, soy Antón Parada ?y como al mítico presentador de Los Simpson?, quizás me recuerden de otras crónicas ciudadanas como Los jóvenes y los santos de moda. En aquella entrega puse el santo en el cielo porque las nuevas generaciones de ribeirenses habían abandonado a uno de ellos en las alturas, San Alberto, para cambiarlo por otro más cercano. Literalmente. No, no se trataba de que tuviesen una preferencia mayor por otra imagen, una situación extrapolable a la competición de cofradías en Sevilla, sino que el parque de San Roque les quedaba más cerca para disfrutar de una romería, cuya tradición siempre comenzaba con el camino en cuesta que incontables padres y madres ribeirenses recorrían en un día que todos faltaban a clase, a través de una complicidad no escrita.

Los tiempos cambian, ya se lo advirtieron a mi quinta cuando Operación Triunfo arrasaba en las televisiones de tubo catódico, coronadas por tapete y figurita, y no desconcertaba a los analistas de medios reventando audiencias a través de Youtube. Lástima, lo que nos hubiéramos reído con ?ya sé, preposición equivocada? Bisbal transmitiendo por Periscope. Pero esa no es la verdadera confirmación de que ese mundo, que hacía funambulismo para mantener un puñado de tradiciones vivas, está a punto de desaparecer como un color desechado ágilmente por un camaleón. La prueba real está en los carnavales y un crimen en el que nadie ha reparado porque no ha dejado cadáver.

Mientras mi abuela y mi madre amasaban rosquillas y filloas ?indicador inequívoco de estas fechas en Galicia, si por algún casual se acaba de viajar en el tiempo?, se sucedían las conversaciones de si serían suficientes. Ya les adelanto que en mi casa no existe consenso alguno sobre cuándo se ha alcanzado esa cantidad, como mínimo necesitaríamos de la intervención de Naciones Unidas. «Hanse de comer, sempre se comeron», aseveraban o aseguraban. Mas en ese momento caí en la cuenta de que nos venía faltando todo un grupo de comensales.

¡Ni el viernes, ni el sábado, ni el lunes! Ninguna de aquellas noches escuchamos el sonido de los petardos y las risas que antecede a las brigadas de jóvenes con máscaras y monos de trabajo. No sonó el timbre como antaño y así se evaporó una de las escasas muestras de que no nos hace falta copiar el «truco o trato» estadounidense. Recordé que aquí los dulces se pedían con preguntas y buenas intenciones, pero se ganaban con pólvora y respeto. Ya hace mucho desde que el último grupo de ellos nos gritó bajo la ventana, a sabiendas de que habría filloas listas. En su lugar solo quedan impolutos disfraces «made in China» y millenials, porque este no es país para choqueiros.

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