Adiós, Amigo


Desde hace 60 años las manos de María Fernanda huelen a flores. Toda una vida enhebrando camelias, petunias y rosas. Toda una vida ayudando a seducir, reconciliar, homenajear o despedir a seres queridos. Tengo frente a mí las orquídeas que le compré en septiembre, siguen lozanas, inmarchitables. La primera floristería de Ribeira cerró este lunes, un Amigo se va y algo se muere en el alma.

María Fernanda guarda las tijeras, pero en sus dedos se conservará siempre la fragancia de los lirios, en unos años le preguntarán sus nietos: «Abuela, ¿cómo es que hueles a flores?». De tantos tulipanes, se convirtió en tulipán y, como en los cuadros de Monet, no se puede ver nítidamente donde acaba la flor y donde empieza la persona.

Siempre he creído que para elaborar algo bello es necesario tener buen corazón,  María Fernanda confeccionaba ramos con ancestral sabiduría en las pupilas, un mimo que conmovía y el pulso firme. Hacía pequeños prodigios porque, además de hábil, es bondadosa, buscó su felicidad en la felicidad de los demás y sonreía como los crisantemos al terminar un buen trabajo.

Ribeira será menos Ribeira sin la floristería Amigo, pero María Fernanda pasará a tener una vida sin despertadores, sin prisas, sin macetas, sin pedidos. Le toca disfrutar de su  merecida recompensa: podrá descansar sus pétalos, midiendo la vida en momentos y no en horas.

Es una despedida, pero a la vez no lo es, porque al artesano nunca lo abandona su arte. Fue un lunes de sol, ni una gota cayó, ni una nube hubo, porque el señor Enrique quería verlo todo desde ahí arriba.

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