Penín


Cuando era niño, en el cumpleaños de un amigo, me caí por las escaleras de Penín. Isauro me miró preocupado: «¿Estás bien?», interrogaban sus levantadas cejas, y yo le grité: «¡no me dolió!». Hoy,  tras veinte años, noto que esa caída me empieza a doler. De Penín me encantaba lo casero de su comida, a veces tenemos que salir de casa para sentirnos en casa. Uno iba allí aun con el alma a punto de quebrarse y, con un poco de vino y caldeirada, la existencia parecía menos áspera y los pequeños momentos, como un gesto cariñoso de tu mujer o una gesta liguera del Madrid, se volvían profundamente conmovedores. ¡Ah! Esos viejos negocios que ennoblecen la vida.

Penín no debería acabarse nunca, como el Nordeste, como el Pescador. Ribeira se desribeiriza, diluye su identidad con la pérdida de sus establecimientos más míticos. Lo entiendo, sus dueños tienen que descansar, pero no puedo evitar querer volverme a caer por esas escaleras.

Cuando te servía el vino, Isauro hacía como que se le caía la botella, era un susto agradable que llenaba de calor el pecho. Ahora esa broma se va donde el crujiente pan de Sinda que costaba menos de cien pesetas y con la vuelta todavía te comprabas unos tronquitos en el quiosco de Mari Carmen, se va al parque García Bayón donde los niños le dábamos punteirolos al balón, se va al escaparate de la librería de Milagros donde nuestras pupilas se clavaban en las descoloridas pechugas de la Interviú de Marujita Díaz, se va a la ferretería Moraña donde yo soñaba que podría construir un helicóptero. Cerró Penín y ahora el pasado parece más lejano.

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