«Faise moi duro mirar ás paredes día e noite nunha casa tan grande»

Ramón Vila, septuagenario vecino de Ribeira, vive solo. Su esposa Juana falleció hace tres años.


RIBEIRA / LA VOZ

Juana, su esposa, falleció hace tres años. Desde entonces, la casa de Ramón Vila, en la pequeña aldea de Fonte Ramil, en el municipio coruñés de Ribeira, se queda grande para este jubilado del mar con numerosos achaques físicos. Aún así, la sonrisa es su mejor tarjeta de presentación cuando abre la puerta del que un día fue un hogar cargado de alegría y juventud. La vivienda, de dos plantas y con una gran galería desde la que se divisa la ría de Arousa, es la única distracción que tiene este hombre de mirada sincera y conversación tranquila pero directa. Ramón la limpia, la mantiene en perfecto estado de conservación realizando numerosas y variadas chapuzas y se encarga del huerto que hay en la parte trasera.

Este septuagenario reconoce, por triste que parezca, que la soledad es su única compañera desde que falleció Juana. Añade que su cronograma doméstico depende de las medicaciones prescritas, que lo obligan a estar pendiente del reloj en todo momento. Por las mañanas, como quien dice, se levanta con una pastilla en la boca. Esto ocurre a las 08.00 horas de cada jornada. Luego viene el desayuno, y, a continuación, la limpieza de la casa, que lleva a rajatabla. La compra de alimentos suele ocupar el grueso de sus mañanas. Hasta hace poco iba en coche (de su casa a Ribeira hay unos 3 kilómetros), pero un problema en la vista hizo que le retirasen el carné de conducir. Él, mientras lo cuenta, aprovecha para decir a sus invitados que el turismo está a la venta. «Xa non me vale para nada, se o queren fágolles un bo prezo», añade.

La enésima pastilla

Los manecillas del reloj anuncian que la próxima pastilla toca a las seis de la tarde. Ahora es el turno del Sintrom. En ese momento, Ramón ya recogió la cocina, lavó los platos y está sentado en el sillón de su amplia y luminosa galería. Junto a él tiene un zumo de naranja natural que el mismo Ramón preparó para acompañar la pastilla. Lo bebe de un trago y se reclina. Es justo ahí, y al ver a las personas que lo rodean, cuando se reconforta y sincera. «Faise moi duro mirar ás paredes día e noite nunha casa tan grande. A soidade é moi mala. Recordo moito a miña muller, que morreu falándome mentres merendaba. Con ela casei cando tiña 19 anos e xuntos fixemos esta casa, que cando a compramos, en 1976, non era máis que catro paredes ruinosas. Pero con moito esforzo, e durante moitos anos, traballamos para levantala. Por iso, agora, convivir cos recordos do pasado faise moi duro e triste, pero a vida é así. Teño un marcapasos e outras enfermidades, pero intento saír adiante».

La realidad de Ramón Vila la conocen de cerca en Cruz Roja de Ribeira. Y más concretamente su voluntaria Laura Bautista. Ella se encarga, por una parte, del servicio de teleasistencia al que está inscrito Ramón, y que consiste en tener un aparato en casa para avisar a la Cruz Roja en el caso de encontrase mal. La misma voluntaria también llama todas las semanas a los vecinos que reciben este servicio para saber cómo están. Laura, ayer al salir de la casa de Ramón, confesaba que son muchas las personas que viven en soledad y que darían cualquier cosa para que alguien, aunque sea un desconocido, les prestase un solo minuto de su tiempo.

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