La grandeza de las pequeñas personas


El mundo que conocemos nació de la mano de un pequeño fraile que ocasionó un demoledor terremoto en la Europa del siglo XVI. Fue Martín Lutero, quien rompió los moldes de un catolicismo que afirmaba que el hombre no tenía más potestad que la de ser un mero espectador de los designios divinos. La tierra, considerada como un infierno que la sociedad tenía que sufrir, era el prólogo que todos estaban obligados a vivir antes de besar el cielo. Replicando esta tétrica visión propugnada desde la Santa Sede, el fraile encabezó una reforma que partió Europa en dos mitades. Frente al pensamiento pesimista del Vaticano, Martín Lutero le dio a cada persona el poder para gobernar su vida sin la mediación de ningún dios, y le recordó al individuo que cada uno era dueño de su destino. Fue el prólogo de la Ilustración, del Renacimiento y de la democracia, y la derrota de un mundo gobernado por una élite eclesiástica que había terminado con la vida de miles de personas en las Cruzadas. Ese pequeño monje había ganado una gran batalla por la libertad.

Cientos de años después de Lutero, en Ribeira se sigue demostrando que son esos pequeños individuos los que siguen cambiando el mundo. Varias personas que tienen poco en común me hablaron de una persona en concreto, que ya ha fallecido. Me recordaron como había conseguido que decenas de niños volviesen a sonreír gracias al deporte. Rememoraban como había tendido una mano a todos aquellos que no tenían dinero para comprarse unas botas o un balón de fútbol. En el campo de A Tasca, cada quince días, David, el portero del Xuventú Aguiño, le hace un pequeño homenaje y sale al campo con una camiseta con su apodo estampado en la espalda: Mati. Prefirió este nombre a poner el suyo porque ella había sido la culpable de que hace años se hubiese puesto unos guantes en sus manos.

Matilde Alonso fue la madre deportiva de cientos de jóvenes de Ribeira que encontraron en el fútbol una nueva manera de vida, un motivo para luchar. En el césped disfrutaron de buena parte de las mejores tardes de sus vidas, hicieron amigos y aprendieron de la mano de su mentora que hace falta tanto ímpetu para ganar, como para levantarse de una derrota. Siempre acompañada de una sonrisa, de la chaqueta del Aguiño y de la visera de algún equipo de fútbol, dejó marca en todas aquellas personas que tuvieron la suerte de cruzarse en su vida. Su labor no era entrenar, educaba desde la primera vez que alguien pasaba por sus manos.

Varios años después de su fallecimiento, Matilde sigue presente en esos jóvenes que mantienen viva su memoria y su sonrisa. Por suerte son estas pequeñas personas las que cambian el mundo. 

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