Una nueva tala dañó varias construcciones de la Aldea Esquecida

Parte de los muros de piedra de seca de los senderos que conducen a las ruinas rianxeiras de Abuín han sufrido daños por el paso de la maquinaria pesada


Ribeira / La Voz

Corría febrero del año pasado cuando los vecinos del lugar rianxeiro de Abuín descubrieron que uno de sus parajes había sido transformado radicalmente a base de motosierra y maquinaria pesada. En el interior de uno de sus montes descansan las ruinas de la conocida como Aldea Esquecida -también llamada aldea maldita-, los restos de una población diezmada por una maldición cuya leyenda fue recogida a través de la tradición oral y literaria -fue retratada por Castelao en la obra de Cousas-. Si en 2018 una enorme tala de árboles produjo daños estructurales en dos de las últimas cinco construcciones en pie, la historia acaba de repetirse con un desenlace muy similar.

Al igual que durante la primera tala, el deterioro del conjunto -por el que a lo largo del año se realizan varias rutas de senderismo y visitas culturales- no se ciñó únicamente a las vetustas edificaciones, sino que el paso de las excavadoras y camiones para retirar la madera también ha desembocado en desmoronamientos en los muros de piedra seca -arte que la Unesco introdujo en su Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad- que delimitan los senderos, ya que estos son estrechos para el tránsito de grandes vehículos.

En este sentido, los principales deterioros causados por el reciente corte de árboles -principalmente eucaliptos de más de 50 años- se han focalizado en la estructura de la que se cree que albergaba la antigua capilla, cuyo dintel ya había sido derribado, y en las dos construcciones de enfrente, que han registrado daños en las fachadas, llegando a causar derribos. La edificación que se hallaba semioculta por la vegetación ha sido la peor parada de las dos.

Debate de conservación

Si bien existe cierto debate en el seno de los arqueólogos e historiadores sobre la relevancia, autenticidad y potencial de la Aldea Esquecida, el Concello de Rianxo inició la redacción de dos informes, uno técnico y otro patrimonial, para lograr lo que supondría todo un revulsivo, su introducción en el catálogo de protección de Galicia. Los motivos pasan por las reiteradas peticiones de vecinos y de colectivos para que no se alterase el que antaño era un escenario natural digno de película, que guarda un fragmento de la historia popular de Rianxo.

El caso autonómico de blindaje legal más similar sería el del Bosque Animado de Cecebre -también recogido a través del cine y de la novela de Wenceslao Fernández Flórez-, que tan solo cuenta con la figura de Lugar de Interés Comunitario (LIC), otorgándole un grado de protección medioambiental.

El caso de Abuín es muy diferente, ya que el conjunto de ruinas se encuentra en una propiedad privada y la autorización pertinente para realizar las talas no puede negarse ni desde la Xunta ni desde el propio Ayuntamiento, segundo la actual legislación.

La última mirada a la Aldea Esquecida

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La última mirada a la Aldea Esquecida Dos de las últimas cinco viviendas del que era un hermoso lugar en Abuín (Rianxo) han sufrido daños tras una tala de árboles. La antigua capilla de la también conocida como Aldea Maldita se ha llevado la peor parte. El entorno ha sido dañado.

Dos de las últimas cinco construcciones que quedan en pie en el paraje rianxeiro resultaron dañadas en una tala de árboles

El antes y el después del lugar

Es difícil definir el torbellino de sensaciones que invaden a la persona que pone un pie por primera vez en la Aldea Esquecida de Abuín. En las entrañas del bosque de este lugar rianxeiro se halla el paraje que Castelao inmortalizó en sus escritos, unas ruinas apresadas por la vegetación en las que el tiempo parece haberse detenido durante siglos. O al menos así era hasta hace tan solo dos semanas.

Mañana del primer domingo de este mes. El móvil vibra y la pantalla se ilumina para descubrir un mensaje: «Pasou. A tala xa chega ás portas da aldea». El aviso era real, pues a medida que se sucedían los pasos el paisaje que inundaba la vista no se parecía en nada al de siempre. Una actuación para cortar numerosos eucaliptos había despojado el acceso a los vestigios de su cobertura vegetal y, por ende, de su aura de misterio. Tras los flashes, abandoné el lugar sabiendo que aquella sería la última vez que la vería tal y como la conocí.

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