Flyboard, el día en que aprendí a volar

Un redactor de OK comprobó cómo funciona este poderoso aparato que proyecta grandes chorros de agua e ingentes dosis de adrenalina

Flyboard o el día que aprendí a volar Pocas cosas han fascinado al hombre como volar. Los ha intentado de mil y una formas desde que un genio como Leonardo fabulase con la idea. El flyboard es una de las más novedosas.

No tenemos sueños baratos, aclara el anuncio. Y la verdad es que no. Desde que el hombre empezó a preocuparse de algo más que de procurarse un condumio, ha pensado a lo grande. Pocos deseos han agitado con tanta intensidad la mente del ser humano como el de volar. La cantidad de gadgets y sistemas inventados para surcar los aires es incontable. El flyboard es uno de los más recientes, una entretenida genialidad que genera cierta desconfianza desde la distancia por su aparente complejidad pero que engancha en cuestión de minutos, los que se necesitan para aprender a manejarlo.

El cicerone de OK en esta ocasión será Pedro Casal, el gerente de Flying Happy Face, la empresa que tiene su base de operaciones en el puerto de Vilagarcía pero que también ofrece este divertimento en A Illa, A Pobra y Rianxo. Pedro será nuestro monitor en esta aventura, que ciertamente arrancará con algo de escepticismo para concluir con una sonrisa de oreja a oreja.

Porque eso es quizás lo primero que sería conveniente precisar. Sobre el papel, la primera impresión que genera el flyboard es de recelo, de sospechar que la posibilidad de fracasar, de estrellarse una y otra vez contra el agua, será muy elevada salvo que uno haya pasado una temporada en la NASA formándose como astronauta. Error. Lo explica gráficamente Pedro: «De 400 personas que han pasado por aquí en poco más de un año, todos lograron levantarse salvo una señora. Lo consiguió incluso un señor de 63 años».

Lo cierto es que no exagera. Aunque en los primeros minutos en el agua se suceden los intentos fallidos y cuesta un poco controlar las botas de las que salen los chorros de agua, en poco más de diez minutos el periodista logra suspenderse sobre el mar de Arousa. La sensación es increíble. Uno siente que gravita, pero con el cuerpo completamente en tensión.

Dominar el flyboard exige de un ejercicio de equilibrio en el que los pies se convertirán en los estabilizadores una vez en el aire. Es como entrenar con un bosu, solo que a varios metros de altura. La clave para no caer, alternar movimientos pausados para ascender y desplazarse. Tacón, punta, tacón, que cantaba Reixa allá por los ochenta.

A pesar de la potencia de los chorros, que tienen su origen en los 300 caballos de la moto de agua que pilota Pedro y que manan por una manguera de unos 18 metros, el flyboard requiere de un espíritu delicado. Para moverse en esos primeros minutos, es crucial ser paciente, sentir las piernas y desplazarse con cierta sutileza. Siempre en círculos. Intentarlo hacia adelante o hacia atrás supondrá acabar de nuevo en el agua.

Después de unos minutos suspendido sobre el mar, cobra sentido una afirmación de Pedro que solo media hora antes, de camino al escenario de esta aventura, nos había parecido un tanto osada: «Esto es como andar en bici, una vez que lo aprendes, podrás levantarte siempre». Efectivamente así es, a medida que dominas el flyboard, sus secretos se abren a tus pies.

Para concluir este rito iniciático, Pedro propone una cabriola: hacer unos delfines. Fugaces entradas y salidas del agua emulando los fascinantes saltos del cetáceo. La primera intentona resulta cómica, un planchazo y un par de ridículos saltitos que de delfín tienen poco. Como mucho sardina y gracias. La segunda sale algo mejor y las figuras que recrea el que suscribe ya recuerdan a un Flipper con barba.

Hoverboard

Pero la peripecia no ha terminado. Pedro nos propone intentarlo con el hoverboard, una tabla similar a las de snow a la que se conecta la manguera y que, si se logra domar, acaba planeando sobre el mar a velocidades nada despreciables. Llevamos ya más de una hora en el agua y el cansancio ha hecho de las suyas. Lo intentamos una y otra vez pero la tabla se resiste. La salida con este aparato es más complicada que con el flyboard y, aunque en un par de ocasiones nos incorporamos, el viaje dura apenas unos segundos. Después de veinte minutos, ha llegado la hora de poner punto y final a una mañana que ha sido mucho más divertida y fructífera de lo esperado.

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