El primer óptico cuelga las monturas

Fue pionero en toda la zona, con un negocio que montó en Ribeira en 1977


ribeira / la voz

Hoy es fácil tener acceso a gafas y lentillas, pero en el pasado, los barbanzanos estaban obligados a recorrer un montón de kilómetros para hacerse con esos imprescindibles elementos. Por eso, seguro que son muchos los vecinos de la zona que guardan un buen recuerdo del desembarco en Ribeira de Juan Martínez Puente. Fue hace 41 años, cuando las ópticas más cercanas se encontraban en Padrón y Santiago.

Él, siguiendo una tradición familiar, había finalizado la carrera de Óptica y adquirido experiencia en el negocio que su padre regentaba en Pontevedra. Pero, tras contraer matrimonio con una ribeirense, decidió establecerse en la ciudad de Santa Uxía: «Vimos que había posibilidades, puesto que no había otro establecimiento similar en toda la zona, ni siquiera en Noia, y no nos equivocamos». La tienda abrió sus puertas primero en Rosalía de Castro y luego se trasladó a la calle Galicia, donde hace unas semanas pasó a estar regentada por un nuevo dueño.

De sus comienzos en la ciudad, Juan Martínez destaca el recibimiento que tuvo por parte de los vecinos, que agradecieron la implantación del servicio: «Esta era una zona con altos porcentajes de miopía, que dependía de Santiago, donde tardaban en torno a una semana en preparar unas gafas. A trabajadores como los del mar, les suponía un gran trastorno tener que estar tanto tiempo sin ver bien si, por ejemplo, se les rompía un cristal».

Esos generalizados problemas de visión llamaron su atención desde el principio y los analizó en dos trabajos que hizo para la consolidación de su título: «Llegué a la conclusión de que en la zona había un alto índice de consanguinidad, lo que motivaba la propagación de la miopía mediante la genética. Al igual que en el área de O Grove, el problema era que se trataba de un nicho cerrado de población, con escasos contactos con el exterior debido a la precariedad de la red viaria de la época».

Más de 25 dioptrías

En su negocio, Juan Martínez atendía a vecinos llegados incluso de Rianxo y Porto do Son, que dejaron entre las cuatro paredes de la óptica un sinfín de anécdotas: «Me llamaba la atención que muchos querían las gafas bien apretadas e incluso traían heridas en las orejas. Pronto comprendí que eran marineros preocupados por el trastorno que les produciría el hecho de que se les cayeran al mar».

Asegura que, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares, en el área barbanzana eran comunes los casos que presentaban en torno a 25 dioptrías e incluso más: «Al poco de abrir el negocio me llegó un señor con 32 dioptrías al que se le habían roto las gafas. Le recomendé ir a Santiago, porque ese cristal especial aquí tardaba entre 19 y 25 días en llegar. Me contestó que con tal de vender no sabía qué hacer». Argumenta que a muchos les costaba reconocer su dependencia de las lentes.

De hecho, Juan Martínez fue testigo de excepción de la evolución de un sector que pasó de suministrar artículos de primera necesidad a vender elementos estrechamente ligados a la moda. Y, de forma paralela, vio cómo, desde el bum inicial, su negocio se estabilizaba e incluso sufría las consecuencias que afectan al resto del comercio: «La población no aumenta en la misma medida que proliferan las ópticas, a lo que hay que sumar que ahora la gente se desplaza con facilidad a cualquier ciudad».

Por ello, recomendó a su hija buscar una profesión con más futuro y cuando se jubiló, optó por el traspaso de un negocio en el que ganó más que clientes: «Forjé relaciones de amistad con muchas personas».

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