Porto do Son abre una mágica puerta al pasado

Los artesanos locales tienen cabida en una Feira Celta con llamativos desfiles y espectáculos

A.G.
ribeira / la voz

Tan solo con cruzar una de las puertas amuralladas que desde el viernes resguardan Porto do Son, uno se da cuenta de que la estampa que luce el corazón de la villa ha retrocedido unos cuantos siglos. La muchedumbre camina por calles entre banderolas, estandartes y alpacas de paja. Un viejo ejército castrexo, decidido a conquistar de nuevo el pueblo, rompe el bullicio con el chasquido de sus cuchillos. Así recrearon los sonenses la segunda jornada de una cita que cada verano invita a darse un paseo por la historia, la Feira Celta.

Las nubes que cubrían el cielo a primera hora de la mañana dejaban entrever un sol que se convertiría en el protagonista del día. A medida que los nimbos se dispersaban, oriundos y visitantes iban abarrotando las calles del centro de Porto do Son para pasearse entre tenderetes que ofrecen todo tipo de ropajes de época, complementos de piel, joyas engarzadas y hasta útiles del hogar. También hubo sitio para acoger la dimensión más mística de la cultura celta, con puestos plagados de hierbas medicinales y ungüentos varios que prometían curar las dolencias más insospechadas.

Una de las arterias de la villa, la calle Visitación, está reservada para la zona gremial. Allí se dan cita los más habilidosos artesanos, desde tallistas a herreros y canteros. Precisamente del arte de tallar las piedras sabe mucho Rafael Alonso, de la empresa Pedras e Mármores Portosín, uno de los habituales de la Feira Celta: «O máis importante deste mercado son as demostracións dos oficios. Amosarlle á xente o que facemos é fundamental para que non se perda». De la misma opinión es el tallista Enrique Martínez, que mientras da forma a un paisaje marítimo apunta: «Cada vez somos menos os que seguimos esta tradición».

Cita familiar

«Ver os postos de artesanía e vir vestidos para a ocasión é o que máis nos gusta», afirma Patricia Torrado. Esta sonense porta un traje típico al que no le falta ningún detalle, a conjunto con el de su marido y su hijo pequeño. Y es que los que se acercan a la feria no han dudado en mimetizarse con el ambiente y apuran sus últimas compras. Guadalupe Caíño, que vende trajes celtas por primera vez en Porto Son, es testigo de ello: «La gente quiere ir bien ataviada; no se olvidan de ningún complemento».

Esta celebración de la historia, en la que no faltan la música y los saltimbanquis, contenta a mayores y pequeños. Para estos últimos han montado un campamento equipado con numerosos juegos populares, atracciones de madera y hasta un campo de batalla donde entrenar a los jóvenes soldados celtas.

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