O Caudillar

Maxi Olariaga

PORTO DO SON

17 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Solo la gente de Porto do Son y algún viajero concienzudo puede saber lo que es O Caudillar. Y solo los foráneos lo sabemos por haber asistido desde niños al oleaje, al vuelta y vuelta de la mar atlántica encerrada entre Galicia y América. O Caudillar es una saudade deseada por la muchachada de los dulces años sesenta. Un reposo, una tormenta, un respiro hondo de la mar que remata el viaje que las playas americanas envían movidas por los suspiros de los guaraníes, de los mayas y los aztecas, de los seres humanos de piedra y oro que escinden con su mirada oblicua la costa este precolombina.

Entre las espirales de mi cerebro dormitaba el recuerdo del pez acosado por la brinca prendida de una tanza comprada con unos céntimos en la ferretería de Casal y esa idea se iluminaba entre los brazos del pulpo atrincherado entre los roquedales limpios como gemas. O Caudillar, en mi infancia, era una aventura, un viaje a la lejanía. Una expedición al oriente del oriente, un sueño maravilloso que me acunaba con el arrullo monótono de los embates de la mar sobre las aletas del muxo y del lorcho. Un grito sobre la calcárea majestad de las lapas y sobre la negritud sonora del mejillón y el espinar de los erizos.

Las estrellas de mar eran frecuentes entonces entre los desperdicios ignorados tras la dársena, y nosotros, inocentes correveidiles de la historia infantil, saltábamos sobre el detritus de la vida con la elegancia solo permitida a los elegidos por el Dios de la creación. O Caudillar levantaba su mirada verde mirando a la majestad de Monte Louro y reinaba sobre el Brañón y A Sagrada con la autoridad que solamente proviene de lo alto.