Santa Locaia, de carballeira a eucaliptal

Los vecinos, que en su día criticaron la tala de robles centenarios, también alzan su voz contra la especie elegida para sustituirlos


mazaricos / la voz

Hubo un tiempo en el que bajar desde Pino de Val hasta Outes resultaba un placer para los sentidos. Son una docena de kilómetros de curvas, con puentes estrechos y peligrosos que, sin embargo, resultaban agradables de recorrer solo por la hermosura del paisaje. Ambas márgenes estaban repletas de enormes carballos, bidueiros, freixos y castaños que daban una tonalidad especial al trayecto en función de la época del año en la que se viajase. Incluso en muchas zonas las ramas más altas se juntaban y sombreaban el vial, dejando apenas paso a unos pocos rayos del sol.

Esta imagen podía contemplarse hasta no hace mucho. La última década ha resultado nefasta para ese entorno tan singular. Las especies autóctonas han desaparecido casi por completo y su sitio lo ocupan plantaciones de eucaliptos; árboles perfectamente alineados para facilitar su futura limpieza mecánica y, por tanto, su aprovechamiento maderero. De hecho, el centenar y medio de hectáreas que engloba el triángulo Chacín, Fontemourente y la capilla de San Paio, ya en el municipio outiense, está repleto de eucaliptos y lo que todos conocían por devesa ahora ya es otra cosa.

Ni el entorno de la capilla

No se ha salvado siquiera el entorno de la capilla de Santa Locaia, a escasos 20 metros de la carretera provincial entre Outes y Dumbría. Si sonada fue la tala indiscriminada que se realizó hace ahora cuatro años -hubo denuncias de colectivos ecologistas e incluso algunas fuentes apuntan a importantes sanciones económicas para quienes la llevaron a cabo-, no llama menos la atención la plantación de eucaliptos que ahora ocupa el lugar de los antiguos carballos centenarios, entre los que los romeros festejaban las fiestas de la patrona y la de San Blas, el otro santo que se venera en la pequeña capilla.

Pérdida de encanto

Nadie duda de que el paraje, a pesar de la imponente cascada que se encuentra en las inmediaciones, ha perdido buena parte del encanto de antaño. De hecho, fueron los propios vecinos los primeros que criticaron en su día la corta, y ahora hacen lo propio con la nueva plantación. Esto a pesar de que alguno de ellos también ha apostado por la especie para repoblar sus fincas.

«Isto é cousas dos novos, os vellos plantamos todo o que había e tiñámoslle certo cariño. Agora viñeron os herdeiros dos que foron morrendo e venderon todo. Tiñan medo de que ardera e os cartos son os cartos», apunta un vecino de la zona bien entrado en años que insiste en no querer que aparezca su nombre.

«Son vello para andar criticando a ninguén e, ademais, cada un co seu fai o que quere. Aínda que isto non che teña moito xeito, porque da noite para a mañá converteron todo nun deserto. Se había carballos e os deixaron cortar, polo menos que lles obrigaran a plantar outros no sitio», explica al tiempo que señala imaginariamente con el dedo una zona en la que hace décadas se contaban por cientos los castaños, y donde ahora crecen vigorosos unos eucaliptos de altura ya respetable. «Íamos todos ás castañas. Collíamos toneladas e aínda quedaban. Agora só hai as follas dos eucaliptos, pero esas non hai quen as coma», apunta con ironía.

Lo dicho. Que de Outes hacia la montaña, así la llaman «os da ribeira», continúa habiendo los mismos doce kilómetros de hace años, quizás décadas, las mismas curvas y los mismos puentes estrechos, pero ahora, sin árboles, efectuar este recorrido resulta mucho más aburrido y la imagen que puede contemplarse es menos mágica.

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