«Ou me facía oleiro ou emigraba, e optei polo primeiro»

Santiago Garrido Rial
S. Garrido CARBALLO/LA VOZ.

OUTES

El conocido artesano de Buño lleva 40 años en el oficio. Es el heredero de una larga estirpe que se remonta, al menos, hasta sus tatarabuelos

18 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Aparicio Añón Caamaño forma parte de una de las últimas estirpes de oleiros de España. Última, porque no hay más que ver lo pocos que son. En Buño, donde vive y trabaja, quedan 16 talleres. Pero hubo más de 90, con diez o doce trabajadores cada uno. Y en el resto del país no es que abundaran, pero tampoco eran pocos. Ya no. Ya son muy pocos en España, en Galicia y, por supuesto, en Buño, donde la mayoría de obradores trabajan en solitario.

Lo de Aparicio viene de lejos. Hasta el nombre. Él es el cuarto, o el quinto, o quién sabe cuántos más que llevan ese nombre. Su hijo ya no. «É que se se chamara coma min sería igual tamén nos dous apelidos, e decidimos cambiar», justifica.

El azar le ha permitido tener una imagen histórica de sus antecesores, la que tomó, el 29 de enero de 1926, la fotógrafa estadounidense Ruth Matilda Anderson a su paso por Buño durante su largo viaje de trabajo a España. En la foto aparece el padre de Aparicio, de niño; su abuelo, aún joven, su abuela y su bisabuela.

Pese a la fuerza de la tradición, y además por la rama paterna y la materna, no estaba del todo claro que Aparicio siguiese la línea. «Oleiro había que ser, si ou si. As cousas non eran como son hoxe naqueles anos sesenta cando eu era rapaz. Ou me facía oleiro, ou emigraba a Europa, como facían moitos, e optei polo primeiro. E iso que tiven aí o berme de marchar». A la escuela fue poco, y después, en las clases nocturnas, veía que muchos compañeros se iban. Pero las circunstancias familiares finalmente, le obligaron a quedarse.

Del oficio, algo sabía, pero poco. Lo básico, enseñado por su padre. Un día se vio en la necesidad de tomar el relevo. Fueron varios encargos que tuvo que atender: para las fiestas del San Xoán carballés, para un hotel famoso de Barcelona... Él no se animaba, pero había quien sí lo hacía (el ex alcalde Chinto y un médico compostelano, entre otros), y un trabajo, y otro, y otro más, al final lo acabaron sentando junto al torno.

La excelencia no viene al momento: «Para ser oleiro aprendes a raíz de traballar moito co barro, e que despois sexas máis bo ou máis malo, con máis iniciativa, ideas para o deseño, iso xa depende dun, é coma todo». También, a veces, el cliente es el que ayuda, «dá a idea e ti vas sacando».

Disfrutar del trabajo

Explica que ayuda mucho «botarlle horas, disfrutando co que tés e intentándoo facer mellor cada día». Sus horas son «de sol a sol», compaginando el trabajo con el barro con toda la parte comercial. «A min gústame o oficio e gaño para vivir, así que, ¿que máis podo pedir?».

¿Un oleiro es trabajador, artesano, artista? ¿Todo? «Nós fomos sempre traballadores, ao principio todo o que se facía era para uso doméstico, o artístico viría máis tarde». Aunque había excepciones, como las de su padre y abuelo. Éste incorporó mejoras, tras su emigración a América, en jarrones, ánforas, columnas. Su padre estudió Bellas Arte durante tres años en el Eusebio da Guarda, durante la mili, y evolucionó hacia la escultura y el modelado. «Hoxe facemos figuras, pero non un busto, por exemplo, pero meu pai si o facía, era escultor. Ten feito cousas para cemiterios ou imaxes para igrexas».

También ha cambiado el uso del barro, la manera de trabajarla, la cantidad usada, siempre de la zona de As Barreiras. Hoy, el gasto es menor, y además la fábrica ya prepara el material. «Eu aínda uso o barro artesanal, pero non para todo. Hai cousas nas que si o ten que ser».

Más recientemente, también ha variado la venta. A peor: «Nótase a crise económica, porque se vende menos. Non é un produto de primeira necesidade, claro, se un ten 20 para gastar, o primeiro é o pan. Eu -añade- grazas a Deus, aínda teño moitos clientes».

Unos y otros conversan con él en su tienda-taller, que naturalmente es el lugar elegido como rincón. Un lugar alto, grande, atiborrado de piezas, con un gran ventanal hacia la calle. A veces llegan autobuses de escolares, «houbo algún día que chegaron oito», pero tampoco es lo que era. «Dende que está funcionando o ecomuseo e máis a estrada nova, esas visitas baixaron», explica.

En su trabajo crea, elabora, arregla. Una pieza tiene mucho tiempo detrás. Así que baratas, baratas, no son. «Para min, todo é moi barato, pero para a xente, todo é moi caro», bromea. Por dos euros o poco más ya se puede adquirir un objeto. De ahí hasta cien, doscientos, o lo que se quiera por encargo. Abundan los que realizan las empresas o las grandes romerías. La Carballeira de Zas, por ejemplo, le compra las tazas desde la primera edición. O San Cristovo de Outes, 40 años ya. Ha hecho tiradas de miles y de decenas de miles. No sabe cuántas piezas ha elaborado en total, pero no cree descabellado afirmar que el millón no está lejano.