El primer cigarrillo


He vuelto a fumar.

No ahora mismo, claro. Me atropelló de nuevo el tabaco después de un año entero sin probarlo, sin tener yo la culpa tampoco, porque, para qué engañarme, jamás he tenido la culpa de (casi) nada.

Exonerarme insolente de cualquier delito es una de mis cualidades, y aunque la burla suele rondar alrededor, sé muy bien y me consuela que es imposible ridiculizar a alguien sin conocer sus virtudes.

Aunque solo tengas dos. Como yo.

He vuelto a fumar en el peor momento de todos, justo ahora que ya casi nadie lo hace, como si de repente se hubiese convertido en una hábito nocivo, poco popular y objeto inconcebible de delito social penitente y obsceno.

Los jóvenes ya ni se esconden para fumar, en su lugar han decidido no hacerlo. Extraña juventud.

Puedo recordar a la perfección el primer cigarrillo. Eran mis 17 años.

Rafa y yo estábamos sentados sobre nuestras respectivas motos, dos scooter de bajo precio pero alta posición social dentro nuestro -no tan- selecto grupo de amigos. Coqueteábamos con la idea de escaparnos a Noia. Idea que se perdía fulminante como un mensaje imaginario parecido al de actualización de software: «Recuérdame mañana». Y mañana era todos los días.

Sonia solía recogerme allí sobre las tres, después de pasar un par de horas con sus amigas, estudiantes de colegio privado que no soportaban mis discos raros ni mi carácter conciliador. Sonia era buena para mí, aunque nadie a mi alrededor estuviese de acuerdo. Mi empeño en negar lo evidente por ser joven.

Aquella noche la acompañé a casa como lo hice otras noches. Ella vivía en el barrio de O Couto, cerca de la iglesia, solo un poco más allá del puente de Ervedelo, más allá del río Barbaña. Otro barrio, casi otra ciudad.

Nunca me dejaba cruzar al otro lado. El miedo a la impredecible reacción de su padre, situado en su puesto de vigilancia en un sexto piso sobre la tienda de deportes Redonet, minó nuestra relación.

Todas las despedidas se nos oxidaron en Hawai, en el portal, bajo la luz de su letrero de club. Pero mi valentía amilanada estalló ese viernes.

Decidido puse el pie más allá de la frontera imaginaria, donde el hedor insoportable del río te cala la tráquea. Ninguno de sus intentos vanos consiguió detenerme, pero fue al alzar la mirada que su padre, muy bien acompañado por un garrote letal en apariencia, se acercaba contundente entre la niebla. Su tamaño crecía de manera exponencial a mis zancadas hacia el lado contrario, el de la huida. Y hui.

Rafa seguía sentado impasible sobre su moto. Como cada noche. No pronunció palabra al ver el temblor en mis dedos, en mis rodillas, en la punta de los pies. Me dio un cigarrillo Ducados. «Esto te calmará», dijo.

Mi primer cigarrillo, el del temor.

Me mantuve alejado del Couto durante los 10 años siguientes. A Sonia no volví a verla. Me han dicho que es abogada y tiene dos hijos. ¡Dos hijos! Quizás no era tan buena para mí.

Pero que más da, yo he vuelto a fumar.

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