La desconocida huella de Fontán

El autor de la Carta Geométrica de Galicia mantuvo una estrecha vinculación con la comarca, sobre todo con Noia y Lousame, y pese a ello sigue siendo poco reconocido


Noia / La Voz

Hace ocho años, con el objetivo de reivindicar la «inxustamente descoñecida» figura de Domingo Fontán, los concellos de Noia y Lousame sumaron fuerzas para rendir homenaje a un personaje con una estrecha vinculación con la comarca. La finalidad de aquellos actos se cumplió a medias, ya que, pese a todo, los reconocimientos al autor de la Carta Geométrica de Galicia, el primer mapa moderno del territorio autonómico, no fueron más allá y tanto su importancia histórica como su impronta en la zona siguen siendo poco conocidos en estos lares.

Este año, coincidiendo con el 230 aniversario de su nacimiento, la real academia dedicó a Domingo Fontán el Día da Ciencia en Galicia. El homenaje ha servido para rescatar al autor de un trabajo fundamental para el desarrollo del territorio gallego. Para sacar adelante su mapa -un proyecto al que dedicó 17 años de su vida-, recorrió y realizó exhaustivas mediciones por toda Galicia, pero Noia, villa a la que estuvo vinculado desde su niñez a través de su familia materna y en la que más tarde pasaría largas temporadas, tuvo un papel fundamental. Cuenta en su extenso archivo documental la Fundación Domingo Fontán, que gestionan sus descendientes, que en la casa familiar noiesa se ubicó el barómetro estacionario en el que realizaba mediciones para el levantamiento de la Carta Geométrica.

 Un tío sacerdote

César Camargo Sánchez, tataranieto de Fontán y vicepresidente de su fundación, explica el peso de la localidad en la biografía del geógrafo y matemático: «La importancia de esta zona es fundamental, su educación se inicia en Noia». Tanto Domingo como su hermano Andrés Fontán pasaban los veranos en la villa desde su niñez, a donde fue destinado como párroco su tío materno Sebastián Rodríguez Blanco. Con él empezaron su instrucción. Además, entró en contacto con unos religiosos galos que se habían asentado en el municipio noiés tras huir después de la Revolución de 1789, y con ellos aprendió francés, lengua científica de referencia en esos años.

En su prolífica vida, en la que no solo destacó en el ámbito investigador sino también en el político, pasó por varias fases hasta acabar asentándose en la rúa do Vilar de Santiago. Sin embargo, el discurrir de los acontecimientos le ligó a la comarca noiesa con más intensidad a partir de 1843. En ese año fallece su tío Sebastián, y tanto él como su hermano Andrés se convierten en herederos, no solo de la vivienda de Noia, sino de las participaciones de su pariente en la papelera de O Castro, en Lousame.

La factoría la creó una sociedad de la formaba parte Rosendo Fontán, padre de Domingo, pero tras la muerte de Sebastián Rodríguez Blanco, él y su hermano fueron adquiriendo participaciones hasta hacerse con el control de la que, según cuentan los vecinos de la zona, fue la primera fábrica de España en la que se elaboró papel timbrado. «Las necesidades de gobierno y administración de la papelera de O Castro obligaban a mi tatarabuelo a ir a Noia con mucha frecuencia y a pasar allí largas temporadas», cuenta Camargo.

 Como almacén

La vivienda familiar de Noia servía además como almacén para guardar el trapo que se utilizaba como materia prima en la elaboración del papel. El inmueble en cuestión todavía permanece en pie en la plaza de O Curro noiesa, y hoy en día es municipal y da cabida a la plaza de abastos y a la sede de entidades como Noia Histórica. En realidad, en su momento fueron dos casas, la que había pertenecido a Sebastián y una contigua que Andrés compró a la familia Blanco y que, tras la muerte de este, pasó a manos de Domingo Fontán junto con la papelera.

En el 2010 se colocó una placa recordando cuál había sido la vivienda del ilustre geógrafo en Noia: «Tras su muerte la heredó su hijo y mi familia la ocupó hasta que en el año 1932 se instaló definitivamente en Madrid», explica César Camargo, que junto a sus hermanos y su madre, Everilda Sánchez Fontán, presidenta de la fundación, trata de preservar un legado que en la comarca ha difuminado el paso del tiempo.

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