La fiesta de los muertos

Una multitud «entre bullanguera y compungida» llena el cementerio para cumplir con una costumbre que «aun siendo piadosa, va convirtiéndose en profana»


Redacción / la Voz

Un anuncio en la cuarta página (la última) invita a saborear «buñuelos de viento y huesos de santo en la confitería de C. González Aguinaga, sucesor de Pelletier». En la calle, «una multitud abigarrada, entre bullanguera y compungida», se dirige al cementerio. Da igual que sea el de Pereiró, el de San Amaro, el de San Francisco, el de Santo Domingo o el de San Mauro. El día, «tristón y nebuloso en las primeras horas», va despejándose, lo que contribuye «a dar contingente enorme de visitantes al campo de los muertos». Por la puerta, entra «un río de gente» que se dispone a visitar las tumbas «siguiendo la costumbre que, aun siendo piadosa, va convirtiéndose en profana», con inevitable «derroche de coronas, de gasas, de luces y de flores».

Como siempre, se aprecian en ellas «los naturales contrastes del fausto que se revela en todos los detalles y de la pobreza que exterioriza sus manifestaciones de perdurable cariño en sencillos ramos de siemprevivas», desterradas en pocos años por los crisantemos, con «la nota intensa y profusa de sus colores varios». Y «al lado del mausoleo suntuoso, de bruñido mármol, sobre cuya blancura destacan los negros crespones y las cintas de las coronas llenas de dedicatorias pomposas en que se cantan con letras de oro las virtudes y los méritos reales o fingidos del finado ilustre, aparecen la rústica cruz de madera que la yedra recubre, la humilde sepultura de tierra sobre la cual pasan indiferentes los curiosos, hollando las rosas que demarcándola colocó mano piadosa [...]. Es la eterna ley que rige el mundo: de igualdad y de fraternidad entre los hombres no habla en el cementerio, en días como el de ayer, más que la cruz que en el centro de la necrópolis se alza, tendiendo amorosa sus brazos para comprender y unir a todos, al rico como al pobre, a los olvidados igual que a los que tienen quienes les lloren».

Un grupo de mujeres

En medio de la «abundancia de flores, de macizos, de enredaderas», el reportero descubre «sentadas en el suelo y vestidas de luto» a un grupo de mujeres que rodea una tumba «de tierra», y a las que la gente, curiosa, se detiene a contemplar, «comentando en voz baja aquel mudo dolor». Toma notas y al día siguiente cuenta en su crónica: «Hubo momentos en que fue tal la aglomeración que los guardias municipales tuvieron que restablecer el paso invitando a la vez a las desconsoladas mujeres a que abandonasen el paraje. Pero no hubo modo. Allí siguieron, inclinada la cabeza sobre el pecho, envueltas en mantones negros, y cuidando celosas, de cuando en cuando, de que no se apagasen las lamparillas de aceite que habían colocado sobre la sepultura. La escena era realmente trágica. Según nos dijeron, tratábase de la viuda y de otras parientas del malaventurado marinero-fogonero [...] muerto de una puñalada el mes pasado al salir de un baile».

En la misma página, Vicente Carnota, periodista antes que sacerdote, escribe: «De los vivos se cuentan muchas y variadas historias. Los muertos no cuentan más que una. Y a la historia que cuentan los muertos se reducen todas las historias de los vivos. Es una historia expresada con el más inexpresivo silencio de los sepulcros. Los muertos también hablan. Y este es su lenguaje: el silencio, nunca interrumpido, siempre continuado, en que todo calla, y todas las resonancias se apagan, como se apagan todos los resplandores en las negras oquedades de la tumba. Los muertos, con este silencio, no cuentan más que una historia, fueran en el mundo pequeños o grandes, ricos o pobres, aplaudidos o vituperados, infortunados o venturosos. Y esta es la historia, la eterna historia a que se reducen todas las historias de la vida».

Mientras, «hasta bien entrada la noche», la gente sigue desfilando entre «sepulcros sepultados en las fastuosidades de un duelo aparatoso», porque «la fiesta es siempre la misma, son estos días más o menos alegres o tristes que los otros en el compás de la vida. Pero en ellos, por una piadosa tradición, nos consagramos de modo especial al póstumo homenaje de cariño que nuestros parientes y amigos nos merecen».

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