Olía a arenques en la tienda de A Maroña


Soñabas que estabas dormido y despertabas en medio de un bosque donde buscabas setas. A través de los pinos se filtraba la luz del sol. Entornaste los ojos. Estabas aturdido y no entendías qué ocurría: te descubriste sin voz. Entonces escuchaste como desde lo alto alguien te decía: «Lo que viene del olvido vuelve para encontrar una voz. Busca la tuya, aunque te haga sufrir». Y de repente se puso a llover. Notaste como el agua fluía sobre tu cabeza y resbalaba por tu cara. Entonces tu boca alumbró dos palabras: ¡Amor mío!

¡Escuchad, viejos compañeros!: ¿Verdad que sabíamos casi desde niños lo que significaba el invierno? Ni en esa ni en otras estaciones nos dormíamos con la ropa que llevábamos puesta durante el día, como ocurría en otras partes del planeta. ¿No es así? ¿Y recordáis aquel mes de enero cuando todo amaneció cubierto de blanco? Cuando miramos por las ventanas, totalmente perplejos, vimos cómo todavía nevaba copiosamente, tanto como nunca habíamos visto antes, ni volveríamos a ver.

Aquel día tus colegas te mangaron. Nadie de la aldea te acompañó a la escuela. Feliz y contento, no obstante, caminaste solo por los blancos senderos, bajo las copas de los pinos coronadas de copos de nieve. En aquellas tempranas horas de una mañana sin pájaros, en la que ni siquiera Esmeralda abandonó su refugio en el cobertizo del señor Gerardo, ella, que todos los días se desplazaba a Boiro siguiendo casi las mismas rutas que todos vosotros, solo la diminuta y solitaria figura de un rapaz se aventuró a cruzar aquella pasmosa blancura. Aunque demorándose a cada momento entre aquella desconocida calma, aquel cativo se plantó a su hora delante del grupo escolar Martín Gómez, donde se encontró con otros atrevidos compañeros.

La mañana era áspera, mas también luminiscente. Con gozo supiste adivinar que aquella luz te hablaba calladamente de que la joven vida de la primavera ya alentaba sin prisa en el frío útero del invierno. Levantasteis un muñeco en el patio y después entablasteis una batalla de bolas de nieve sobre el desolado solar destinado a albergar el edificio de la nueva plaza de abastos. Ayudaste a don Eduardo a hacer la leche en polvo que había regalado Mr. Marshall, el hermano rico americano, para todos los escolares del país, antes de salir al recreo. Como recompensa, aquella memorable jornada, el viejo maestro te dio dos vasos de leche caliente.

Deambulaste después por la embarrada calle principal hasta llegar a la tienda de la señora Carmen A Maroña. Olía a arenques. Pediste un bocadillo de queso. Allí cerca estaba la vetusta plaza de abastos, que se alzaba pegada a la muralla que rodeaba la casa y la huerta de don Pepito Santos y doña Evarista Torrado. Detrás de Sindicatos, donde ahora está el Centro Social, y al lado de la molinera del señor Ramón Outeiral. Había parado de nevar cuando al mediodía dejaste el centro escolar y regresaste a casa para comer.

Tu madre había preparado un rico y reconfortante caldo. Por la tarde, de vuelta para Boiro, tus livianos pasos despertaron al ave que dormía entre el oscuro ramaje de una acacia. Emitió un extraño chillido, parecía decir que lamentaba la ausencia de tus colegas.

Compañeros, evoco esto mientras busco níscalos por entre los caminos de cuando íbamos y veníamos de la escuela. Estoy al lado del enorme pinar de los Segade, en la parte trasera de la huerta de Rafael O Peludo, uno de los que formaban parte de la tropa que confluíamos en la encrucijada de Vista Alegre, antes de bajar la cuesta hasta el lavadero de San, donde mandaba el temible José O Tatelo, primo de O Chepudo Vázquez.

Como sabéis, no son buenos tiempos para la lírica ni para la prosa, mas amigos míos, mientras los pájaros sigan cantando, siempre quedan esperanzas.

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