Te fuiste como un suave aleteo de pájaro


Caminas por el costado de un alto y espeso maizal. Escuchas el aleteo de un pájaro. Cuando alzas la vista, el ave, una torcaz, te parece, ya se ha escondido entre las ramas de un roble. Pasó tan suave y rápida como un último aliento, tu último suspiro, querido hermano mío, que te marchaste sin despedirte, piensas. Y entonces dices: «Envejecemos lentamente, apreciados compañeros». Un poco más tarde, te preguntas: «¿Significa viejo ‘decadente'»?». Cuando llegas a la margen del río te sientas en el tronco de un aliso abandonado cubierto de musgo y líquenes. Y entonces reanudas la reflexión: «Somos ahora seres deteriorados, como este y otros muchos troncos tirados en medio del bosque que está ahí enfrente, donde habitan diminutas criaturas, algunas tan minúsculas que resultan invisibles para nuestra vista. En esos trozos de madera casi podrida aún resiste algo prodigioso y fecundo». Desde esa perspectiva, consideras que la muerte nos rodea por todas partes. Está ahí, y, aunque nos resulta opresiva, es una fuente de auténtica belleza.

Entonces recuerdas que esos territorios, entornos de árboles frondosos, troncos y ramas caídas, cuando eras un rapaz, los frecuentaban niños solitarios o adolescentes rebeldes, tal como posteriormente descubriste en los cuentos y relatos góticos que leíste o en las películas de terror que visionaste, en las cuales experimentaste el miedo húmedo y primigenio, como aquel que, compañeros, habíamos palpado en la cabaña que habíamos levantado entre las mimosas, en el lindero con nuestras huertas. En los filmes, en los buenos filmes, recobrabas la tensión y la intensidad de aquel antiguo pánico.

Nosotros salíamos a la carrera del escondrijo tan pronto como las piñas estallaban en medio del silencio y la oscuridad, o cuando escuchábamos el grito del búho. Y al pensar en el ave nocturna, apareció en el escenario Uxío Novoneyra para recitarte en el oído: «Moucho, ti e máis eu non somos deste mundo». Nosotros sentíamos un enorme respecto hacia esta rapaz, porque era el ave de nuestra ancestral sabiduría y de nuestras hechiceras (bruxas), y que nos miraba desde lo alto de un árbol clavándonos los dos grandes ojos que lleva en la cara y que alumbraban sin pestañear los senderos en plena noche.

El verso de Novoneyra arrancó otra imagen del arcón de tu memoria: la de aquella mujer de Soldón da Seara, en el Courel, a donde habías acompañado a Ignacio Castro, que había tenido en el entorno de la aldea una cabaña, en Roxe de Sebes, donde vivió mil días. En casa de la señora de los Domínguez comiste por vez primera jabalí con castañas. Ya por aquel entonces, Felisa, como se llamaba aquella campesina de montaña, sentía nostalgia de los campos de trigo que en su juventud llenaban y doraban las inclinadas faldas de la escarpada sierra, pero que, cuando la conociste, ya estaban cubiertas de uces y silvas.

Aquella mujer llevaba en la mirada el silencio del bosque, del alto bosque de O Courel, como escribió Novoneyra. Y nos habló de la devoción y veneración que sentía hacia los árboles. Y relató que delante de los castaños o entre las hayas se paraba para mostrar su agradecimiento. Y rezaba así: «Gracias polos cestos, polos sombreiros, polas faldras, pola sombra... Gracias polos berces e polas camas e portas. Pola leña que sempre arde na lareira. Gracias polas ferramentas, polos barrís... gracias por todo o que nos tendes dado e nos dades...». Y por último añadía: «Sentimos ter que cortarvos, pois non sabiamos o traballo que vos costa volver crecer». Así hablaba aquella mujer que tenía en su cara y en sus manos los surcos de la tierra empinada, donde vivía y trabajaba bajo la ley de las estaciones.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos
Tags
Comentarios

Te fuiste como un suave aleteo de pájaro