Cien años de Juan Muñiz

Trabajó en la Forestal y tiene una memoria prodigiosa cuando acaba de superar un siglo de vida


El sábado pasado cumplió cien años, en la paz de su luminosa casa, en Boiro, un hombre llamado Juan, Juan Muñiz, Juan Muñiz Tubío, por dar su ficha al completo. Cuando la luz clara del día se abrió por Vista Alegre sobre el mar de Arousa, cogí de una de las estanterías un libro grande, lujoso, impreso sobre magnífico papel cuché y sembrado de fotografías en cuatricomía o blanco y negro, editado por mi vieja y querida editorial de un tiempo ya casi olvidado, Torre de Goyanes, y titulado Boiro: guía y galería de nobles memorias, con la autoría de Carlos García Bayón. Como todo lo de Carlos, el libro es un texto hermoso, de gran erudición, de estilo ágil y solemne a un tiempo, o, como dijo Otero Pedrayo de él, y resumiendo, «como lo haría un ilustrado clérigo francés».

En aquellas fechas de riguroso fin del siglo XX, García Bayón estaba ya muy debilitado. Me envió el texto, lo leí con devoción... Tras hacer una fotocopia con las correcciones necesarias, se lo devolví con dos folios donde yo había escrito cincuenta preguntas sencillas que comenzaban todas de la misma manera: ¿No crees, Carlos, que donde tu escribes tal... deberías escribir cual...? Al día siguiente recibí su respuesta: Totalmente de acuerdo con todo. Gracias.

Sumando fotografías que hizo la tropa familiar de artistas que tengo a las de los archivos del municipio y a las mías propias, echamos al mundo, en 1999, el libro de García Bayón. No sé si el Concello de Boiro conserva ejemplares del mismo. Yo tenía dos y uno se lo llevé a Juan el pasado día 23, a las nueve y media de la mañana. Ya sabía yo que Juan estaría aun acostado, pero prefería no verlo, no fuera a emocionarme. Me emocioné, de todos modos, cuando me llamó, enseguida, para darme las gracias. Explicaré brevemente por qué. Cuando marché a llevarle el libro a Juan tuve que preguntar por el piso donde vive: «Si, Juan Muñiz... el de la Forestal». «Ah, si, cuarto izquierda». Porque Juan, en 1936, con 17 años, vivía en San Mauro, frente a la Torre de Goyanes, y venía poco a Boiro, pero subía al Barbanza, era su mundo, su hermoso territorio de fervenzas improvisadas por la lluvia, y en las pistas embarradas del Barbanza, en chozas de pastores, se refugiaba de las tronadas y tomaba medidas de los vados pensando en el futuro.

Paseo mañanero

Este hombre de casi 1,90 de estatura se pasea todas las mañanas de buen tiempo y da vueltas, como si fuera una noria, alrededor de una enorme manzana de viviendas, entre ellas la suya y la mía. Y lo veo venir tan alto y tan firme... con 100 años a los costados, doblando «el muro de las lamentaciones», donde nos damos cita los dolientes.

Cuando hacemos tertulia bajo el tramo de soportales, allí está él haciendo lo que hice yo con Carlos García Bayón y su libro, corregir... ahora mi novela La caza del cordero, con esa prodigiosa memoria que conserva intacta, a los 100 años, ese hombre llamado Juan, que, además, se ha convertido en el protagonista involuntario de la historia novelada.

Ni que decir tiene que este libro, que comencé a escribir en octubre de 1961, más de medio siglo, fecha trágica para mí, lleva una datación final, 23 de marzo de 2019, día en que Juan cumplió los 100 años. Solo me queda una duda: «Los corderos se cazan o se dejan acuchillar?».

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