De expolios y gritos de «¡adjudicado!»


En términos legales e históricos, la jornada de ayer marcará un antes y un después en Galicia. Lo será independientemente del veredicto que se escuche antes del sonido del mazo contra la madera. A cientos de kilómetros de distancia de la compostelana Praza do Obradoiro -como con tantas otras decisiones que afectan a esta tierra-, en el Juzgado de Primera Instancia número 41 de Madrid tuvo lugar una sesión de un juicio cuyo detonante no era otro que el de intentar llenar dos huecos en el recibidor más famoso e importante de Santiago. Sí, el del Pórtico da Gloria.

El Ayuntamiento de Santiago logró sentar en el banquillo a la familia Franco, quien desde hace décadas tiene en su poder las estatuas de Abraham e Isaac que flanqueaban la fachada románica, obra cumbre del Mestre Mateo y su taller. Al parecer, de lo que sí carece esta familia es de un comprobante, recibo o contrato de compra en el que se estipule que adquirieron legalmente dichas obras. Aunque si me lo permiten me gustaría plantear los inconvenientes de utilizar el término legalidad durante el ejercicio de una dictadura y aludir al ingenio de aquellos joyeros que tenían a bien cerrar sus negocios cuando la esposa y el caudillo decidían salir de paseo. Seguro que era por la emoción y no por el temor que forjó el apodo de «la Collares».

La importancia de este juicio pasa por las posibilidades que abriría una sentencia favorable a la devolución de las estatuas por parte de los Franco, de cara a la recuperación también del pazo de Meirás. Mas detrás de todo esto se esconde un debate aún mayor que tiene mucho que ver con esta suerte de casa de vacaciones que el encantador pueblo de Sada les regaló. ¿Cuál es la diferencia entre un expolio y la compra legal del patrimonio? Pues al parecer todo depende del apellido, el tamaño de la cartera o el número de pistolas atadas al cinto sobre las que se tenga poder.

Si de verdad piensan que son ajenos a casos como estos, deberían preguntarse por el curioso caso de dos busto en altorrelieve del 1550 que viajaron desde A Pobra do Caramiñal a Boiro. Se trata de los rostros del emperador Carlos V de Alemania -primero de bla, bla, bla...-y su señora, María de Portugal, adquiridos por el marqués de Revilla, quien entre otras cosas fue el señor del Pazo de Goiáns. El párroco pobrense Serafín Rivera anotó de su puño y letra que estas efigies habían sido trasladadas al exterior de la iglesia de Santiago da Pobra do Deán, a mediados del siglo XVIII, cuando se desmontó el retablo renacentista. Desde los 70, forman parte de la fachada exterior del histórico inmueble boirense. Solo un puñado de años más tarde hubiera sido ilegal.

Por Antón Parada CIUDADANA

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