Los tanatorios


Antes en los velatorios, a medianoche, se tomaba café con galletas y anís del mono. Se reencontraba uno con parientes a los que no veía desde el entierro del último familiar o amigo muerto y se contaban unos chistes verdes que eran celebrados escandalosamente. Por supuesto que no era una falta de respeto con el finado ni con sus deudos; era, según los psicólogos, una reacción sana de los que sobrevivíamos para no morirnos de pura depresión y desespero.

El velatorio casero era un acto social al que se iba vestido como para una boda en señal de respeto, y los cambios de humor intermitentes de reír y llorar, con la debida educación, nos dejaban como nuevos. Y lo digo todo en pretérito imperfecto porque hoy, con el invento aséptico de los tanatorios de las grandes villas y ciudades, hasta las risas y los llantos parecen de plástico, con muertos sucesivos en las sucesivas puertas, con amigos y parientes de cada finado en grupos compactos, estudiándose por el rabillo del ojo. Algunos muertos de al lado a veces me dan más pena que el mío. Le velan apenas dos o tres personas, recién venidas de la aldea en coche de línea, de aspecto asustado y abatido, que ya han dejado de hablarse al cabo de tantas horas, agotadas quizás de contarse sus vidas, incluso la del cadáver.

Recuerdo en Madrid, en el tanatorio de la M-30, hace de esto un par de muertos, que daban el último adiós para un personaje famoso de la farándula. De pronto, comenzaron a congregarse fotógrafos moscardones, atraídos por la miel de las celebridades que venían a cumplir con el rito de la despedida y salir de paso en la foto. De manera casi imperceptible, hubo un movimiento de los demás grupos hacia el de los famosos, que al poco tiempo alcanzaba dimensiones de multitud mientras iban adelgazando los velatorios vecinos. Mi alma cotilla me llevó en volandas hasta allí, y debo reconocer que lloraban mucho mejor que nosotros.

Lo cierto es que viendo esos tanatorios llenos de gente despistada buscando a su muerto, cada vez me acuerdo más de los que hay en Boiro y Rianxo, que son más familiares e íntimos para desahogar los sentimientos. En Madrid dan pocas ganas de morirse. Yo personalmente prefiero los tanatorios gallegos.

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