La arqueología del contrabando de tabaco

El litoral barbanzano esconde los vestigios de la infraestructura utilizada en los años 80 y 90 para esconder la mercancía, oculta en profundos zulos en zonas como Neixón

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Ribeira / La Voz

La ficción televisiva ha vuelto a poner el foco en la ría de Arousa, convertida durante años en un circuito que surcaban planeadoras cargadas, primero de tabaco y, más tarde, de droga, sorteando bateas y la vigilancia de las fuerzas del orden. Todo esto, que no era ningún secreto, ha vuelto a la actualidad en los últimos meses, pero lo que quizá muchos no saben es que el fantasma de ese comercio ilegal sigue muy presente en el litoral barbanzano, y no solo en el recuerdo de quienes vivieron aquella época. Todavía quedan vestigios de la infraestructura utilizada para esconder la mercancía, una suerte de arqueología del contrabando que cada vez está más escondida.

Uno de los puntos calientes del comercio ilícito del conocido como rubio de batea era Neixón. Por su orografía, por su situación en el fondo de la ría y por encontrarse en un lugar apartado de las viviendas, era el lugar idóneo para esconder el tabaco. El monte de este enclave boirense atesoró en los años ochenta y principios de los noventa miles de cajetillas ilegales guardadas a buen recaudo en profundos zulos que aún hoy se identifican, aunque cada vez es más difícil.

Desviándose del camino que conduce al castro de Neixón, adentrándose en el monte y a apenas unos metros del centro de interpretación, se llega al mar. Allí, en medio de los árboles y cubierto por ramas y hojarasca seca se adivina la entrada a uno de la media docena de zulos que se cree que hay en esa zona. Aunque a simple vista no lo parece y podría pensarse que es un agujero en el suelo sin más, no lo es, bajo tierra se esconde un cajón de batea de madera: «Para facer iso hai que ser moi artista, fai falta maquinaria e aquí daquela non había máis que camiños de pé», cuenta un veterano hombre de mar que conoce el litoral entre Boiro y Rianxo como la palma de la mano.

Grandes dimensiones

Dicen quienes saben de esto que un cajón de batea tiene un diámetro de unos 2,5 metros, así que el agujero que hay que cavar para esconderlo no es moco de pavo. De hecho, en las inmediaciones se adivinan grandes montículos de tierra: «Posiblemente sexa o material procedente da escavación que se fixo para o zulo», explica un boirense conocedor del entorno, que cuenta que «non hai moito andaba a tapa de metal que pechaba o zulo cun cadeado por aí tirada».

Esta afirmación la refrenda un mariscador rianxeiro que durante años trabajó en esa zona y que no se explica cómo alguien pudo hacer esos búnkeres sin ser visto: «Iso foi asombroso, que aparecera iso en Neixón deixoume sorprendido. O finado de meu pai, meus irmáns e máis eu andabamos moito ó camarón por aí e iamos camiñando todo pola beira do mar e polo monte e nunca vimos nada, ata que un día vimos a terra que sacaron entre os loureiros». Esa zona además era muy concurrida: «Como houbera marea viva ía moita xente ás pedras coller mexillón. Ou os fixeron en días de temporal ou non sei...».

Pese a ello, no es fácil llegar a uno de esos escondites desde el mar, y mucho menos descargar la mercancía que viajaba por la ría en planeadoras. En ese punto de la península boirense, el litoral es escarpado y tiene una altura considerable, así que exige una pequeña escalada para alcanzar el zulo.

No es el único que hay, aunque son difíciles de identificar. Otro boirense que conoce bien la historia del tráfico de tabaco lo cuenta: «Haberá 20 anos que apareceron dous ou tres zulos alá onda o castro pequeno, ben feitos e todos forrados de madeira».

La desembocadura del río Ulla constituía otro de los puntos calientes de la actividad ilegal

Los rianxeiros que llevan años dedicados al trabajo en el mar y han recorrido hasta el último accidente geográfico de la ría de Arousa hablan de otros puntos calientes del contrabando de tabaco en la zona. Uno de ellos era la desembocadura del río Ulla.

«Pola zona das Trece Cruces e por alí para arriba ten que haber máis zulos deses, por aí tivo que haber moito movemento. Daquela, a partir de xuño e xullo cando viñamos da batea ás tres ou catro da tarde ían lanchas polo río arriba», cuenta un marinero, antes de explicar que las embarcaciones aprovechaban la pleamar para remontar el Ulla y que lo hacían a baja velocidad para no llamar demasiado la atención.

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La señora María ya habló de los escondites del rubio de batea en un documental sobre el enclave

Actualmente es difícil identificar un zulo si no se va en compañía de alguien que los conozca, y cada vez quedan menos personas que sepan ubicarlos sobre el terreno. Una de las vecinas que tenía algunos de ellos localizados era la señora María, que ya contó la historia en el documental O Neixón: historia viva dun castro, realizado hace casi una década.

Quien conozca Neixón desde hace tiempo sabrá que la señora María, que murió trágicamente en el 2011, no necesita presentación. Dicharachera como nadie, entablaba conversación con cualquiera al que se encontrase en las inmediaciones del castro y era capaz de contar su difícil vida con toda la sencillez y naturalidad del mundo sin restarle ni un ápice de crudeza.

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