Adiós al Kiosco Koly de A Pobra tras medio siglo sin bajar la persiana ni un solo día

Ana Lorenzo Fernández
Ana Lorenzo RIBEIRA / LA VOZ

A POBRA DO CARAMIÑAL

José Brey muestra la lotería especial que hizo con motivo del cierre del Kiosco Koly, donde durante décadas vendió los helados italianos más ricos de la comarca
José Brey muestra la lotería especial que hizo con motivo del cierre del Kiosco Koly, donde durante décadas vendió los helados italianos más ricos de la comarca CARMELA QUEIJEIRO

Fue uno de los primeros de Galicia en tener una moderna fotocopiadora y sus helados italianos son famosos en la comarca

04 oct 2026 . Actualizado a las 12:30 h.

«Esto no cerró nunca. Incluso en el covid se dio la casualidad de que los que vendíamos prensa podíamos estar abiertos. No hemos cerrado ni un solo día». Y eso que han pasado 49 años desde que José Brey abrió el Kiosco Koly en A Pobra, y todo ese tiempo ha estado al frente del negocio, «salvo unas vacaciones que nos tomamos para viajar por el mundo», y en las que dejaban a su hijo Carlos al frente.

Ubicado en un lugar privilegiado frente a los jardines Valle-Inclán, durante medio siglo ha sido un referente, ya que además de vender periódicos, las revistas más especializadas, libros, tabaco, juguetes, cromos, chuches y los helados italianos más ricos de la comarca, no dudó en adelantarse a su tiempo y estrenar una de las primeras fotocopiadoras que hubo en Galicia, y que fue renovando a medida que surgían modelos con más prestaciones.

Pero la historia de este negocio nació al otro lado del charco, en Cuba. Desde una pequeña aldea de Portomarín (Lugo) José Brey había emigrado allí en 1955 en busca de un futuro mejor, al igual que lo había hecho Silvina Recimil, una vecina de A Estrada con la que se encontró en La Habana y con la que acabó creando una familia. «Estábamos todos solos y lo único que podíamos hacer era reunirnos con la gente de España en el centro gallego», recuerda ella sobre el momento en el que se conocieron.

Fue allí donde tuvieron a su primer hijo, pero en 1970 decidieron regresar a Galicia y establecerse en el pueblo natal de Silvina, donde se completó la familia con la llegada del segundo. Junto con un socio, José puso en marcha un negocio de distribución de chuches, que repartía por media Galicia. En uno de sus viajes a Barbanza se fijó que en un pequeño quiosco de A Pobra con el que trabajaba colgaba el cartel que anunciaba su traspaso.

«La verdad es que no pedía mucho dinero, así que fui dándole vueltas a la cabeza mientras iba en coche a hacer el reparto en Ribeira, y cuando pasé de vuelta ya le dejé como señal la recaudación del día», recuerda José, que tuvo claro desde el principio como bautizaría el negocio: Koly en homenaje al barrio de La Habana cerca del que vivieron. «Era un nombre corto y fácil de recordar, aunque le sacamos la hache del medio, como se escribía allí», apunta.

Abrieron en marzo del 1977, y aquel día se formaron largas colas, «y nos quedamos sin helados y sin gran parte de la mercancía». Con el paso de los años acabaron comprando el bajo y el primer piso para ampliar el negocio, e incluso durante varias Navidades abrían otro local a mayores para vender los últimos juguetes del mercado, «porque entonces no había internet y la gente los tenía que comprar aquí», apunta resignado sobre lo que han cambiado los tiempos en las últimas décadas.

En todos estos años, él ha seguido fiel a su rutina, «levantándome todos los días a las siete de la mañana, y nunca cogí ni una gripe ni una baja», presume el pobrense, que teme que ahora que se jubila definitivamente le lleguen los achaques. En marzo sumó nueve décadas de vida, que fue la edad tope que le dio su familia para cerrar el negocio: «Por mucho que te guste estar, a los 90 se acaba», le advirtieron, por lo que mañana cerrará definitivamente las puertas del Kiosco Koly. Confiesa que lo que más echará de menos es estar detrás del mostrador y «hablar con este, con aquel... Es lo que más me ha gustado siempre de este trabajo».

Le da pena ver cerrado un negocio al que su familia ha dedicado casi medio siglo, y aunque ha intentado que se traspase, por ahora no ha encontrado una oferta firme de alguien que quiera coger el timón. Eso sí, sobre su famosa máquina de helados italianos, José ya avisa que «la gente no se preocupe, que se va a quedar en A Pobra. Si no se traspasa el quiosco, hay varios interesados en comprarla».