Las historias de vida que cuenta la procesión del Nazareno

Miles de personas abarrotaron un año más las calles de A Pobra movidas por la devoción


Ribeira

Puede que haya a quien le parezca macabro llevar un ataúd vacío en una procesión, pero lo cierto es que en realidad lo que cuentan esas cajas de madera no son historias de muerte, sino de vida. Como la de José, la de Cipriana o la de Unai. Los tres estuvieron hoy en A Pobra para cumplir una promesa, y con ellos había miles de personas con otras tantas historias para rendir honores al Nazareno.

Como de costumbre, durante la misa previa a la procesión de As Mortaxas, los ataúdes que luego desfilarían por las calles de la villa esperaban en el suelo el momento de la salida del Nazareno para iniciar el recorrido. Decenas de personas, la mayoría con cámaras con las que inmortalizaban cada detalle de una jornada tan peculiar como multitudinaria, se arremolinaban alrededor, y entre ellos destacaba el color morado del hábito de los ofrecidos. Eran 11 los féretros alineadas calle abajo, y entre ellos destacaban dos: blancos y pequeños, de dos niños.

Uno de ellos era el de Unai, que con apenas siete meses es todo un luchador. La suya es una de esas historias de vida, por eso sus padres, llegados desde Vimianzo, estaban felices de estar en A Pobra cumpliendo con el ofrecimiento que hicieron al Nazareno cuando su hijo nació sin esófago: «Ofrecémolo a moitos sitios. Agora parece que todo vai ben, e as promesas hai que cumprilas». Después de operarse en Madrid, estar en la UCI y pasar cinco meses y medio de su corta vida en un hospital, Unai es un niño inquieto y lleno de vitalidad.

Mucha emoción

José Aldea, natural de Cea pero casado en A Pobra desde hace más de 40 años, estaba feliz de vivir para contar por qué vestía de morado: «Detectáronme 19 pólipos no estómago e 17 eran canceríxenos. Hai dez meses que me operaron e aquí estou. Non teño estómago ningún, pero levo unha vida case normal. As promesas hai que cumprilas. Vimos con devoción, e esperamos ir saíndo adiante».

Cipriana, que se ha curado de una grave enfermedad, también estaba allí. En su caso, era la segunda vez que pasaba por la experiencia de llevar un ataúd en las fiestas del Nazareno; la primera, hace años, lo hizo por su hija.

Estrella y Juan Miguel son otros de los ofrecidos que recorrieron las calles de A Pobra delante de los féretros que portaban sus familiares y amigos. «Este ano hai moitas caixas», comentaban vecinos y visitantes a su paso. Junto a ellos, caminaron muchas otras historias, personas ofrecidas que se delataban bien por el hábito morado que vestían, por las velas que portaban o por realizar el recorrido descalzas.

Una mujer, vecina de A Pobra, no podía reprimir las lágrimas al recordar qué la lleva a acudir a la procesión del Nazareno cada mes de septiembre desde hace 22 años. Su hijo sufrió un accidente gravísimo y estuvo en coma, pero salió adelante: «Cando pides unha cousa e cha conceden hai que ter fe».

Cita multitudinaria

Dicen que la fe mueve montañas, y en el caso de A Pobra mueve también multitudes en una cita que da cuenta de la devoción por el Nazareno. Las miles de personas congregadas en la villa para la procesión de As Mortaxas a duras penas cabían en unas calles absolutamente abarrotadas durante un desfile que parecía no tener fin: «A cabeceira da procesión vén aí, pero o santo aínda vai tardar en pasar», comentaban unos vecinos mientras esperaban el paso de la comitiva.

Mientras, las calles aledañas al recorrido del Nazareno eran un desierto por el que solo cruzaban los pasos apresurados de quienes llegaban tarde a la procesión.

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