Detente bala

Carmen Alborés CON CALMA

BARBANZA

Un soldado con amuletos
Un soldado con amuletos STRINGER | Reuters

Detente El Corazón de Jesús está conmigo. Un día de excursión, visitando un convento, vi a la entrada una bandejita con detentes que se podían coger a cambio de un donativo. Se trataba de un pequeño escapulario de fieltro rojo sobre el que iba pegado la estampita del Corazón de Jesús. Este detente fue popularizado por los soldados carlistas en el siglo XIX, aunque su origen está en Francia en el siglo XVIII. Fue usado también en nuestra Guerra Civil. Se llevaba cerca del corazón, como protección contra los proyectiles y demás peligros en el combate. Si este trozo de tela no protegía de nada, al menos daba fe y confianza al que lo portaba. Era una protección psicológica.

Los guerreros de la antigüedad también tenían sus particulares detentes en forma de escudos y cascos, y no digamos las armaduras metálicas de la Edad Media.

Hoy, como gran parte de los ataques vienen por el aire, existen escudos antimisiles, como la famosa cúpula de hierro, o los sistemas antidrones, cuya eficacia es parcial, pues todos vemos la lluvia de artefactos que caen en los objetivos a los que van destinados y que provocan un gran destrozo en vidas humanas y edificios.

Todos tratamos de reforzar nuestro instintivo escudo protector. Desde la antigüedad se usaron amuletos, detentes que incluso vemos pintados en los grandes cuadros de Velázquez, sobre todo colgados de los niños, ya que entonces su salud era frágil. Estos amuletos eran varios: coral rojo, higa de azabache, campanillas de plata, patas de tejón o de liebre, bolsas de reliquias...

Muchos se aferran hoy a los amuletos protectores y ahuyentadores de males: el ojo turco, la mano de Fátima, el trébol de cuatro hojas, el nudo de bruja, una herradura o piedras energéticas como la turmalina negra. Nuestros paisanos, no hace tanto, colocaban un diente de ajo en el cuerno de la vaca para protegerla o pasaban la guillada por el manto de algún santo en la procesión. Casi nadie cree ya en los amuletos, pero ante una situación difícil cruzan los dedos, se santiguan o dicen lagarto, lagarto.