El bar Plaza no se crea ni se destruye, solo se transforma. Hay sitios que se niegan a morir porque tienen dentro demasiada Dorna, demasiado ateneo, demasiados cuernos, demasiadas arrugas. Cambian las manos que tiran la caña pero las historias se quedan sublimadas entre las grietas de la piedra, conformando un mapa emocional de la noche ribeirense. El sabor de la tapa de jaxapo viaja al universo del pan de Sinda y de los demás sabores perdidos de la Centenaria.
Tucho y Juan, orillas de un mismo río, el ying y el yang, las dos copas de un sujetador. Buena gente. Dicen que uno trabajaba para que el otro soñara, pero yo no lo veo así, eran complementarios. Ahora que Tucho se ha embarcado nos cuenta que está escribiendo un anecdotario en su camarote cuando no se marea, es decir, los jueves. Nosotros durante el fin de semana vendemos menos ibuprofeno.
El Plaza, pues, queda ahora para otros chavales a los que deseo suerte y longevidad. El Plaza sobrevivirá, pues los lobos alpinos encontraremos nuestro camino hasta la barra, nuestra sed no entiende de traspasos. Habrá, eso sí, un hueco invisible junto al grifo de Estrella Galicia, un vacío cósmico con forma de los dos Lijós que aguantaron nuestras chapas épicas de madrugada y de tarde y de mañana, cuando nadie más quería escucharnos.
Refugio contra la lluvia y contra uno mismo. Que levanten una estatua a Tucho y Juan, por favor, dos taburetes de plata brillando firmes en la noche, acompasando la vieja necesidad de no irse todavía para casa. Gracias, Tuchen. En fin… ¿tomamos otra?